La novela sigue a Pablo, un hombre que, marcado por pérdidas y quiebres afectivos, emprende un viaje interior mientras intenta comprender su pasado. El símbolo que articula el relato —los cuarenta y cinco escalones que debe subir para llegar a una casa en el cerro Alegre de Valparaíso— se convierte en una metáfora del trayecto vital: cada peldaño representa una prueba, una caída o un aprendizaje en la búsqueda de sentido.

Díaz Saenger construye este recorrido con una prosa íntima y reflexiva, donde la experiencia personal se transforma en materia literaria. Nacido en Concepción en 1950, el autor estudió Literatura en la Universidad de Chile y Sociología del Trabajo en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica. Durante su formación participó en los talleres literarios de Nicanor Parra y Enrique Lihn, influencias que marcaron su sensibilidad crítica y su mirada sobre la escritura.

Además de su trabajo como narrador, ha publicado dos libros de poesía y la novela El soñador (Editorial Forja, 2020). A ello se suma una extensa labor como traductor de obras clásicas de la literatura universal —entre ellas El jardín secreto, de Frances Hodgson Burnett, y El origen de las especies, de Charles Darwin—, trabajo que ha contribuido a ampliar su relación con distintas tradiciones literarias.

Cuarenta y cinco escalones será presentado el martes 17 de marzo a las 18:30 horas en el Café Literario del Parque Bustamante, en Santiago. La actividad contará con la participación de los escritores Marcelo Simonetti y Claudia Readi, quienes acompañarán al autor en la conversación sobre esta nueva obra. En esta entrevista, Díaz Saenger reflexiona sobre el origen de la novela, el papel de la memoria en la escritura y la manera en que la literatura puede transformar el dolor en una experiencia compartida.

El título de la novela es muy simbólico. ¿Qué representan exactamente esos cuarenta y cinco escalones en la vida del protagonista y en la experiencia humana en general?

-Pablo, el protagonista debe subir cuarenta y cinco escalones para subir a la casa de la mujer que dejó hace treinta y siete años para seguir a sus padres al exilio. Es una casa en el Cerro Alegre de Valparaíso. Simbolizan de alguna manera el difícil recorrido, aprendizaje y sufrimiento en tierras extrañas, en un mundo difícil. Se encuentra con un país distinto al cual le es difícil adaptarse y vive la contradicción de pertenecer a dos mundos. Solo el amor puede superar la encrucijada en que se encuentra. Cree en sí mismo, se levanta, vence la adversidad. La vida, sin embargo, le lanza sus embates a cada paso, en cada escalón que sube.

En la novela, Pablo enfrenta una pérdida que lo obliga a reconstruir su vida. ¿Qué lo motivó a explorar literariamente ese proceso de caída y reconstrucción personal?

-El dolor. Es como una daga que se clava y se lleva en el pecho toda la vida. Y la lucha del protagonista por librarse de ese dolor se envuelve en una poética que hace del drama personal una experiencia universal. Es de alguna manera el esfuerzo de todos por superar las adversidades, buscar la paz, el amor y la completitud de una vida desmembrada.

Usted ha mencionado que la historia nace de una experiencia personal reelaborada. ¿Cómo fue transformar ese dolor real en materia narrativa?

-Todo escritor, en mayor o menor medida, parte de algún hecho que conoció, una experiencia, un sentimiento, una herida, un momento feliz. En este caso, un quiebre doloroso, al recordarlo, me ha permitido reelaborar la historia con nuevos elementos, contextos y personajes que dan vida a otra historia, pero conservando las emociones originales.

El protagonista recorre recuerdos de su infancia en Valparaíso mientras intenta comprender su presente. ¿Qué rol juega la memoria en la construcción de la identidad del personaje?

-La memoria es el baúl desde donde sacamos el material narrativo. Sin ella, nada es posible. La ventaja es que hechos claves como, en el caso del personaje, ver a su padre sufrir una persecución injusta o ser separado de quien ama, desterrado, son memorias indelebles que son la base de la historia. El resto es expresarlo con el sentimiento que logre identificar al lector con el personaje. En otras palabras, que sea él o ella y que goce o sufra lo mismo, como si se tratara de ellos. (“Yo soy El Quijote”, “Madame Bovary soy yo”, dijo Flaubert. “Yo soy D’Artagnan” “Soy Doña Bárbara”, “Soy Martín Rivas”).

Pablo ha sido descrito como un “Odiseo contemporáneo”. ¿Qué similitudes ve entre su viaje interior y el de los héroes clásicos?

-Un amigo, al leer la novela, describió al personaje como un Odiseo contemporáneo. Guardando las diferencias, e cierto sentido, el personaje, luego de salir del lugar protegido de la infancia y adolescencia, se hunde en mundos desconocidos y debe luchar por sobrevivir cual un Odiseo, ambientes adversos, haciéndose un espacio, amigos y enemigos, éxitos y fracasos, pero siempre con la secreta esperanza de volver Itaca.

A lo largo de su carrera ha escrito poesía, novela y también ha trabajado como traductor. ¿Cómo influyen estas distintas experiencias en su forma de escribir narrativa?

-La poesía, que tan fácil fluye en la adolescencia, se abre también a experiencias narrativas que, sin dejar de ser poéticas, expresan vivencias con forma de historia con un comienzo, personajes, acciones y clímax que producen un desenlace. Es una forma distinta de comunicar sentimientos y hechos. La traducción es fascinante porque trae a la lengua nativa, vivencias de otras visiones de mundo de otros que, cuando las traducimos, se nos amplía el universo conocido por uno más grande. Leer autores de oros idiomas engrandece, nos saca del pequeño mundo y del entorno conocido. Nos enriquece.

Finalmente, ¿qué le que los lectores se lleven después de leer Cuarenta y cinco escalones?

-Un corazón lleno de la vida de otros pero que también de alguna manera es la nuestra. Al identificarnos con personajes, lugares, dolores, alegrías crece nuestro conocimiento de los demás, nos hace más humanos. Esa es la contribución de la literatura. Escribimos para comunicar algo que nos hace crecer y engrandece a los demás.

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