La Palabra Hablada es, tal vez, la memoria imaginada de la humanidad. Es la heredera del estallido del universo. La primera voz -la madre- que escuchamos los seres humanos. Es el viento que se levanta desde los mares, el eco que la devuelve desde los cerros y cordilleras, donde habitan las fotógrafas. Son los primeros pueblos y el primer beso soñado. Desde hace ya más de un año, es la defensa de la vida del escritor Francisco Zañartu, que se negó a su mudez, ganándole la partida a las bacterias y a la muerte. El susurro del Pancho, hoy, es un trueno a la victoria de la palabra hablada.
El pasado sábado 28 de marzo, en el Teatro Nescafé de las Artes –una vez más, en sus apuestas por el cultivo del talento nacional- reunió en una obra teatral, musical, poética, en una comedia imaginaria, todas las obras creativas, en el Concierto de la Palabra Hablada.
Al igual, que en el 2015, transformó el escenario de la calle Manuel Montt, en una fiesta de la tradición oral chilena, en una puesta en escena sostenida en la musicalidad del verbo en su sentido popular, de la imaginación de nuestros niños mapuches, de nuestros dolores, de nuestros amores callados, de la risa, de la ironía y de la alegoría de los juglares. Todas y todos poetas, todas y todos payadores, todas y todos comediantes, todas y todos raperos, todas y todos mapuche: protagonistas y público asistente.
En una puesta en escena sostenida solo en la luz negra, sin juegos lumínicos alegóricos, sin escenografías, a escenario desnudo, el concierto se transformó en centenares de protagonistas. Un soplo sostenido en las voces de los artistas, de los creadores, con un público participativo, colaborativo, originario de nuestros años de títeres, de palmas, de cantos en coros y en juego de palabras. Unidos como un solo conjunto artístico de público e intérpretes creativos. Talentos de la mejor canción encontrada: la Palabra Hablada.

Seis Voces, todas nuestras Voces
La narradora ancestral Elivera Maripangui inauguró el aire propio, desde el mapudungún, el idioma de la noche en explicación castellana, en la primera nota indómita de cada uno de los asistentes. A la que se unieron los desafíos del payador Hugo González, diestro en el arte de las décimas, donde desafió, con agudeza su palabra creadora, la comunión de los asistentes. A reglón seguido, la Orquesta de los Poetas, instalaron la gracia y la belleza en el ritmo de la ternura, en un coro prodigioso, con el presagio de la vertiente enamorada que cada espectador imaginó. Soñó.
En el segundo tiempo, la gracia tuvo el nombre de Juanito Ayala, diestro y zurdo con la paya, la voz popular de cantinas, calles de tierras y población proletaria, hizo de su talento un premio a la palabra encontrada, aguda y sincera. Y en contrapunto, el escenario se lleno de población y barrio, con la sencillez y talento del rapero Aerstame, que lleno el Nescafé con la voz callejera, propia e insatisfecha. El cierre estuvo a cargo de la consagrada Paloma Salas, del vocablo de los escenarios del stand-up, de teatros íntimos y bares, con su filo habitual de ironía y diario vivir, de su inteligencia inconforme, que hace gala y encanta.
La puesta en escena estuvo a cargo de un director creativo, Giorgio Vargas, que supo hilvanar el tempo del espectáculo en un vocablo entretenido, que nos enseñó el valor de la palabra perdida, en voz encontrada, la Palabra Hablada.
Felipe De la Parra Vial















