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El Adagio de Guillermo Bown / Felipe de la Parra Vial / La Nueva Mirada

Adentrarse en la “Paciencia de la Esperanza”, la última obra poética del escritor y diplomático Guillermo Bown, es transitar a su ágora en busca de la llave perdida de sus preguntas. El guarda un secreto como su símbolo más preciado: La palabra poética.

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Adentrarse en la “Paciencia de la Esperanza”, la última obra poética del escritor y diplomático Guillermo Bown, es transitar a su ágora en busca de la llave perdida de sus preguntas. El guarda un secreto como su símbolo más preciado: La palabra poética.

A lo lejos, a lo cercano, sus palabras, sus poemas, develan la cotidianeidad de su territorio imaginado y vivido.

Su alegoría es un río que serpentea como un susurro. Es la metáfora del amor a la vida. Como el pan. Como la copa de vino de los domingos.

A ratos parece que se despide desde la última puerta. Como si se fuera de viaje en su último tren. Sin embargo, cada verso lo traiciona. Vuelve una y otra vez. Escribe en confesión más de doscientos poemas. No sabe morir.

La soberanía de su poesía está señalada hacia infinito del mar. Sus zapatos se mojan de sal. Su historia inicia su marcha sagrada de escribir. Y traza su discurso como se lava los dientes. Todos los días. Nada del otro jueves, como dice una musa en Madrid.

Sus versos son como el aire, todos los aires, que se confunden con la brisa que anuncia la bienvenida del crepúsculo. Allá en el mar, en Las Cruces.

Todo queda por escrito. Todo, pareciera. 

Frente al espejo de la palabra, el poeta sale a la vida de todos los días. La distribuye entre la gente. La palabra perdida vive, tiene domicilio en sus páginas. Es cosa de leerlo con detención y no rendirse a la mala costumbre de las redes sociales.

Todo queda por escrito. Hasta su silencio suena y queda al descubierto.

Sus poemas suceden en la costa de los poetas, en Santiago, en Roma y en Viena. En una ciudad imaginaria. Tanto así, que parece real. Su mundo acongojado transita en el mosaico del dolor y la risa. Su ciudad es real, insiste. Vive en el país de los encumbrados y de los pobres.

Sueña con la patria de la libertad, igualdad y fraternidad. Lo común es su escenario. Hay un pueblo que transita en las calles de su voz.

El calendario de su cotidianeidad no tiene días feriados. Sus palabras aconsejan vivir los lunes y los domingos. Pareciera recomendar, que habría que sobrevivir los jueves y los sábados. Sus viernes dejan de ser santos. Los miércoles vuela de cóndor en secreto y los martes, se permite transitar a la otra dimensión latente con solo una palabra de paso.

Lo leo como si guardara un secreto en la entrelínea. Reglamenta sus claves literarias en códigos de sonidos en ocho y doce versos.  Trasgrede su propio reglamento y a veces, elije nueve versos. Sus llaves de sol, sus partituras, son las palabras al final del primer verso con el final del cuarto y en el final del quinto verso con el final del octavo.

“ir y venir” / “espera y primavera” / “vida y heridas” / “cantar y narrar” / “ayer y querer” / “día y fantasía” / “noche y reproche” / “alma y calma” / “corazón y razón” / proclama y alma” / “sol y control” / “pensar y amar” / “crisol y farol” / animar y besar”.

Esas son sus claves secretas, sus ventanas por donde se deja caer la tarde.

Guillermo Bown escribe como si fuera su último poema. Hay un apuro por dejar todo por escrito. Son versos libres, pájaros de buen agüero, libre de “comas”, “puntos seguidos” y ya no llevan las corbatas de “los signos de exclamación” y menos cargan con la imprudencia de “los signos de preguntar”.

Bown con las imágenes de Tatiana Álamos y Fernando Alegría

Anuncia que vuelve siempre a su Austria querida, a las orillas del Danubio, donde se encuentra con Fernando Alegría y con Tatiana Álamos. Saborea un schnitzel en la calle con su amigo Roberto Matta. Cambian el mundo todas las veces.

La portada “De l´amour al E-mail” fue diseñada por Roberto Matta y da cuenta de la amistad del autor con el artista, en su estadía en Viena.

Siempre está volviendo al lugar que era feliz, ese país donde no hay dictadura.

En la poesía de Bown, se siente el aroma de la lectura. Se anaranja en el sentir. 

La “Paciencia de la Esperanza” es un Adagio que acompaña a las metáforas del escritor. Es una poética que se decodifica en su andar sinuoso de las palabras y, a la vez, en un dictamen de amor a la vida, que simula ser breve y que nunca deja de ser apasionado.

En su poemario sentencia: “sí, hay que inventar la vida en poesía”.

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