Hace 90 años, en el Instituto Pedagógico, se estrenaba la primera obra teatral – “Estudiantina”- de Edmundo de la Parra Enríquez, con el grupo de teatro universitario CADIP, encabezado por Pedro de la Barra. Desde aquel entonces, cinco años después, se fundaría el Teatro Experimental de la Universidad de Chile en un momento crucial –fundacional- de la escena nacional, a lo que hoy se reconoce como el Teatro Nacional Chileno.
Esa épica de la historia del teatro marcó lo que iba a ser la dramaturgia en el país. Su inspiración ha llenado los escenarios con los grandes autores de la escena mundial y chilena. Las generaciones de teatristas salidas de la Casa de Bello y del Teatro Nacional Chileno, una tras otra, han instalado sus 4 reglas desde su primer día: “Difusión del Teatro Clásico”, “Teatro Escuela”, “Creación de un ambiente teatral” y “Presentación de Nuevos valores”. Eso sucede hasta nuestros días.
Lo cierto, es que hoy la historia se escribe con el contrapunto del desierto florido teatral, necesitado, cesante del vital elemento. En la actualidad, las carreras de actuación, dirección, diseño y dramaturgia pueblan los escenarios con varios miles de profesionales – ¡miles! – que se debaten piradellamente en busca de autor.
Esta situación ha dado paso para una generación de varias decenas y esporádicos grupos teatrales, en más de 400 escenarios a través de todo Chile, con festivales que se levantan de Arica a Magallanes. De hecho, se ha creado Un Nuevo Teatro Chileno por las recientes generaciones que están interrogando y resignificando el hacer arriba de las tablas. Un movimiento que hay que tener en cuenta. Y, por cierto, darle curso al río que baja desenfrenadamente desde la cordillera cultural chilena.
La vigencia del teatro en el mundo entero continúa y se abre paso a pesar de los avances tecnológicos y, en especial, de la Inteligencia Artificial. Se ha comprobado que es irremplazable. No hay truco imitable que supere y llegue a la piel, a la emoción, como lo hacen, trasmiten, los talentos de un actor, de una actriz, vivos, que representan la humanidad arriba de las tablas.
La credibilidad de los teatristas en la construcción de personajes desborda y se instala en la convicción – en la distancia y la comunicación- que existe desde el escenario con los espectadores. Es un fenómeno único e irrepetible. Cada función en vivo pone en estado de gracia a los asistentes y a los oferentes de la actuación. La vida es vivida arriba de los escenarios y en la platea, emocionados, como un testimonio de la ternura y de la condición humana.
En palabras de Cristián Keim, director del Teatro Nacional Chileno, en la reciente entrega de los premios “Profesor Pedro de la Barra”, señalaba: “El Teatro es una fiesta… Nos hace bien… Es el alma para el país…Es más necesario que nunca…Es un espacio de aprendizaje y formación”.
Y en ese sentido, la Universidad de Chile encabezada por su rectora Rosa Devés -entusiasta asistente y colaboradora-, nos recuerda la decisión de apoyo del visionario rector Juvenal Hernández, padre de la fundación del Teatro Experimental en 1941. “El Teatro es una fiesta”.

Ejemplos, testimonios de vida, fueron los premiados con la distinción Medalla Profesor Pedro de la Barra – ¡merecidos! – en esa ocasión: Diana Sanz, la Julieta de nuestras vidas; el ya legendario actor José Soza y el talentoso dramaturgo, actor y director Marco Antonio de la Parra. “El Teatro es un espacio de aprendizaje y formación”.
Un Teatro en movimiento
El desafío del Teatro Nacional Chileno está marcado por su responsabilidad de encabezar el liderazgo, de más de ocho décadas, con domicilio en la Sala Antonio Varas. A hacer Patria Teatral. “El Teatro es el alma para el país”.
Su gracia ha sido la de trabajar una línea curatorial –que parte con el estreno “¿Quién le tiene miedo a Virginia Woolf?” en el 2024-, de cumplir los mandatos fundacionales de llevar a escena grandes textos de autores clásicos de la historia mundial y del país, de generar espacios para el Teatro Joven y de hacer extensión –la vinculación con el medio, como se dice ahora- con una oferta noble de taquilla que abre las puertas para la Tercera Edad, los jóvenes y estudiantes y funcionarios de la Universidad de Chile… recuperando las salas llenas como antaño, donde “ir al teatro” era parte de nuestras vidas desde muy jóvenes y, muchas veces, con la familia. “El teatro nos hace bien”.
El teatro vive en un constante viaje. Cambia el mundo. Así lo anuncia la cartelera del Teatro Nacional Chileno para este año 2026. “El Teatro es más necesario que nunca.”

En Abril abrirá las puertas de “La Casa de Bernarda Alba” de Federico García Lorca, desde su luto, sus silencios y el amor que se fuga desde sus paredes. En la centenaria búsqueda de la libertad desde el encierro y el autoritarismo de la España rural. Un clásico que contará con la batuta del premiado director Rodrigo Pérez.
En Mayo volverá un clásico contemporáneo: “Baño a Baño” de creación colectiva. Pieza teatral que ganó el Primer Festival de Teatro de la icónica ACU, Agrupación Cultural Universitaria, en 1978 y que tuvo el reconocimiento en Europa. Se presentará con su elenco original. Un imperdible.
En Junio la puesta en escena de “Los Invasores” de Egon Wolf pone de relieve parte de la historia teatral chilena y, especialmente, recuerda el rol gravitante jugado, en aquel entonces, por el director Víctor Jara. Su mano rectora, mágica, transformaba la letra en vida arriba del escenario. Su legado en el Teatro Nacional Chileno, en aquel entonces, ITUCH, marcó a las generaciones de teatristas de la Universidad de Chile. El desafío, en esta oportunidad, estará en manos del talentoso director Marcelo Leonart.
En Agosto el estreno estará en manos de la habilidosa directora Millaray Lobos en el desafío de montar el clásico de Samuel Beckett, “Piezas radiofónicas”, obra que interpela a las claves del lenguaje y la condición humana.
Así, suma y sigue en un año de constante movimiento. Para septiembre se estrenará una obra chilena y en octubre, se montará la obra ganadora del Cuarto Concurso de Dramaturgia “Pedro de la Barra” y, al mes siguiente, el escenario contará la retrospectiva del creativo del Tryo Teatro Banda. El año cerrará con el Festival de Teatro de las Facultades y de una presentación de la carrera de Danza de la Casa de Bello.
La presencia del Teatro Nacional Chileno también extiende su presencia en los distintos escenarios del país. La agenda marca compromisos en el GAM, en el Museo MIM, en Viña del Mar, Villa Alemana, Maipú, Peralillo, Puerto Montt, en Valdivia, Frutillar e Iquique, entre otros “El Teatro es una fiesta”.

Sin embargo, el Teatro Nacional Chileno se mueve. Aunque queden pendientes el tener un Conjunto Estable, como lo es en todos los teatros nacionales del mundo entero… y sus Butacas, testigos de 72 años, – ¡son las mismas! – se renueven con los tiempos.
Es una deuda pendiente de país para reparar lo que hicieron algunos calculistas al inicio de los noventa. Siempre es posible escribir la historia de la recuperación del Teatro de todos los chilenos.
Un Conjunto Estable y Butacas nuevas es lo mínimo para izar la bandera de la Patria Teatral de un país. Es lo mínimo para el Teatro Nacional Chileno.
Escribo Dignidad.
“El Teatro es una fiesta… Nos hace bien… Es el alma para el país…Es más necesario que nunca…Es un espacio de aprendizaje y formación”.














