A través de Albúmina Azócar —una joven que sueña con convertirse en arqueóloga y desafiar las jerarquías del saber científico de su tiempo— Amosson continúa una búsqueda narrativa que ya estaba presente en novelas como Las lunas de Atacama, Las mujeres de la guerra y La maestra Bernarda, obras en las que la autora ha explorado las tensiones entre historia, intimidad y resistencia femenina. Al igual que en La pasión de las mujeres Milet, su escritura se detiene en personajes que enfrentan contextos adversos y estructuras de poder que intentan definir sus destinos.

En diálogo con el auge de las grandes exploraciones científicas del siglo XX y el descubrimiento de la tumba de Tutankamón, Hija del desierto pone en valor las culturas originarias del norte de Chile —como la Chinchorro— y propone la ficción histórica como una herramienta crítica capaz de completar vacíos, reordenar memorias y cuestionar los relatos dominantes del pasado.

En esta entrevista para Entrama Cultural, Andrea Amosson reflexiona sobre la novela histórica como un acto de reparación simbólica, la escritura como forma de resistencia y la persistencia de las desigualdades en el acceso al poder, la ciencia y la palabra. Desde el desierto y desde un linaje de mujeres marcadas por la memoria, su obra insiste en devolver voz, deseo y agencia a aquellas vidas que la historia oficial dejó en los márgenes.

¿Crees que la novela histórica puede ser también una forma de cuestionar los relatos dominantes del pasado?

-Totalmente. La novela histórica es una herramienta crítica: no solo recrea el pasado, lo problematiza. Al centrar la historia en cuerpos que nunca fueron protagonistas —mujeres, niños, pueblos originarios, la naturaleza, los saberes ancestrales— se altera la lógica tradicional de los grandes relatos históricos. Eso no significa negar los hechos, sino reordenarlos desde otras perspectivas, desde otras memorias. Son vidas y deseos que siempre existieron, pero que tal vez no se han consignado lo suficiente.

Muchas de tus obras dan voz a mujeres que fueron marginadas o invisibilizadas. ¿Qué te impulsa a volver una y otra vez a estas figuras femeninas?

-Mis personajes femeninos brotan de mi propio linaje de memoria y de experiencias transmitidas por mujeres de mi familia y de historias que he recogido a lo largo de los años. Vengo de un contexto marcado por tensiones históricas —minería, violencia social, desigualdad— donde las mujeres aprendieron a resistir desde la cotidianidad.

Crear personajes que son mujeres no es solo un acto artístico, es un acto de reparación simbólica: reconocer historias que fueron relegadas y devolverles voz, deseo, conflicto y agencia. Albúmina, como otras protagonistas mías, no solo existe en su época: dialoga con nosotros hoy, con nuestras preguntas sobre libertad, identidad y autonomía.

En tus novelas, el territorio del norte grande está atravesado por la minería, la ciencia y profundas desigualdades sociales. ¿Cómo influye ese contexto histórico y material en la forma en que narras la experiencia femenina?

-Influye mucho, porque es una realidad que conozco de cerca, ya sea por lo que viví o por las historias que escuché en mi familia. Siempre he pensado que heredamos no solo una biografía personal, sino también una memoria colectiva, una forma de estar en el mundo marcada por el lugar donde nacemos y crecemos. En mi escritura me interesa mucho esa idea de los traumas generacionales, de aquello que se transmite sin decirse del todo, pero que termina modelando nuestros miedos, nuestras decisiones y también nuestras fortalezas. Todo eso está presente cuando construyo a mis personajes.

A veces me preguntan por qué creo protagonistas que “no se dejan”. Casi nunca lo explico, pero tiene que ver con mi deseo de imaginar mujeres que viven a su manera, que persisten, que buscan su propio camino. En mi historia familiar hay bastante dolor y drama, y al escribir intento, a propósito, correrme un poco de esos núcleos, sin negar que la experiencia del sufrimiento y de la alegría profunda forman parte de la vida. Creo que cuando una historia se cuenta con honestidad, puede volverse también una historia de muchos.

Albúmina desea convertirse en arqueóloga en un mundo que le niega ese derecho. ¿Qué resonancias ves entre esa lucha y las disputas actuales por el acceso al conocimiento y al poder?

-La lucha de Albúmina por el conocimiento y la visibilidad tiene una resonancia directa con nuestras discusiones contemporáneas sobre inclusión, equidad y acceso a espacios de legitimación. Aunque la ciencia, la academia y la cultura hoy son diferentes que en 1923, las tensiones estructurales que excluyen voces marginadas siguen existiendo. Albúmina se convierte en un símbolo de esas luchas, recordándonos que el acceso al saber es también acceso a la dignidad y al poder de contar nuestra propia historia. Además, conseguir algunos derechos puede tomar décadas y en cuestión de meses, pueden perderse.

Los lectores suelen vincular tu obra con la de Isabel Allende, especialmente por la manera de narrar la historia desde lo íntimo y lo femenino. ¿Cómo recibes esa comparación y en qué sientes afinidades o diferencias con su escritura?

-Recibo esa comparación con respeto y gratitud. Isabel Allende es una figura fundamental de la narrativa latinoamericana y ha abierto caminos para muchas escritoras. Siento afinidad con su manera de narrar la historia desde lo íntimo, desde lo emocional y la experiencia femenina.

Al mismo tiempo, mi escritura nace desde otros paisajes, memorias y obsesiones: el desierto, la historia silenciada, las mujeres que resisten, la identidad y la herencia. Si en algo nos encontramos, creo que es en esa convicción de que la historia también se cuenta desde la piel y desde la emoción.

La admiro. He tenido la dicha de conocerla y recibir sus consejos, siempre generosa. Por eso agradezco la vinculación, la recibo con humildad y con un enorme sentido de responsabilidad como narradora.

¿Qué significa para ti, hoy, darle voz a quienes la historia ha intentado silenciar?

-Para mí, darle voz a quienes la historia ha intentado silenciar es una forma de justicia narrativa. Significa estar abierta a descubrir historias y personajes que casi no aparecen en los libros: las vidas de la gente común, no las de los grandes conquistadores, reyes o héroes oficiales.

Me interesa saber cómo vivía una mujer como yo en tiempos de cambios enormes: cuando se conquistó el derecho al voto, cuando una mujer se subía sola a un tren, cuando se atrevía a cruzar fronteras físicas y sociales que nos habían sido prohibidas.

Escribir desde ahí exige escuchar, aprender y mirar con atención. Para mí, darle voz a quienes no aparecen en los libros de historia es encontrar la grandeza y el heroísmo en la vida cotidiana.

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