“- ¡Lo recuerdo todo! –señala Ana María. ¡Lo recuerdo todo como si fuera ayer! ¡Ustedes son los que se han olvidado!” …
Ana María se para y va hacia Fernando Muñoz Pascal, lo abraza.
“- ¿Qué nos hicieron? ¿Qué mierda nos hicieron comandante?”
La obra teatral “La Condición Humana” de Mateo Iribarren –recientemente premiada con la distinción en el género Teatro de los Premios Literarios de la Municipalidad de Santiago-, incomoda. Y mucho.
Se escucha como un eco que no se apaga hasta nuestros días. Retrata el desasosiego. La obra teatral interroga a la historia reciente.
“No es la adoración a las cenizas, sino la preservación del fuego”, se diría en voz de Gustav Mahler.
Iribarren pregunta desde su primera línea: ¿Qué nos hicieron? ¿Dónde habita la condición humana?

De alguna manera –como señala un viejo sabio- “la condición humana deviene de su capacidad de reconocerse en su condición de existir y en el pensar. Deviene de su cualidad asociativa y, por tanto, se manifiesta en la convivencia”.
El personaje interpela desde la razón sentida: ¡Ustedes son los que se han olvidado!
¡Culpable! ¡Inocente!
La construcción creativa de Iribarren pone en juicio a la justicia, donde los hechores del daño podrían (pueden) resultar inocentes, aunque las pruebas dejen a ciegas a la razón (y a un diputado) y la sociedad entera quede invidente para siempre. O que se vea la luz desde la oscuridad. Y el hechor, celebre la victoria del mal.
Su obra recurre a un género complicado en dominio y creación teatral. El género escénico del “juicio abierto” tiene larga data, incluso en el teatro chileno, donde la audiencia juzga desde sus butacas.
Y Mateo Iribarren es un talentoso dramaturgo.
Su desarrollo cuenta solo con el recurso de la elaboración del texto inteligente que permita contar paso a paso el drama y el perfil de los protagonistas imperfectos y cercanos.
El decir de la palabra es vital y resulta un desafío importante en la atención de la audiencia. La coreografía se desplaza en las palabras, en el malabar de la mentira y no existen conejos que salgan de la chistera. La verdad no necesita efectos especiales. La verdad se desnuda y se saca los zapatos para caminar en el luctuoso camino de la derrota.
“La Condición Humana” está escrita para un auditorio brechtiano que toma distancia y piensa, se equivoca y se cambia de lado en el transcurso del drama. Que vive el contrapunto de la razón y la emoción.
Eso tiene sentido, en lo que alguna vez nos enseñó el talentoso Gustavo Meza. Su lectura a Brecht reivindicaba –agregaba, en rigor- el rol del sentir pensante, de la emoción y de la cercanía humana en la comunión con la razón pura del método didáctico del viejo dramaturgo del Volksbühne.
De hecho, la propuesta de Iribarren invita a los espectadores a participar, que suban a ocupar los asientos del jurado en el escenario.
“La condición…” es una obra que no requiere de artilugios, ni de efectos especiales. Su valor teatral está en la atención que logra en la concresión del itinerario de la tragedia.
La elaboración del texto de Iribarren recurre a la exigencia de la conversación, al dialogo y a la discusión coherentes, demandas necesarias en la escritura de la dramaturgia. Su talento me recuerda a Fernando González, cuando dirigió “El Hombre de la Mancha” en los 80, en el Teatro Las Vegas, y corrigió un diálogo, a la versión proveniente de Broadway, –seguramente, mal traducido- que no era consecuente entre dos personajes, a lo que hablaban entre ellos.
Eso se refleja en el tempo de la pieza teatral, donde el dramaturgo se desafía así mismo en un espiral de diálogos y contradiálogos que le dan un ritmo ascendente con pausas y momentos demandantes. De buena manera, deja afuera la tendencia de los dramaturgos a hacer de los monólogos un lugar común, un recurso muy usado, en el Teatro de la Palabra.
La urdimbre del juicio es clave en el desarrollo del drama iribarriano. La justicia cruza la verdad y la mira de soslayo muchas veces. El texto goza de realismo y atraviesa la calle donde se pierden las veredas. Los santos inocentes son culpables y los culpables son santos inocentes. El maniqueísmo clásico queda afuera de la pieza teatral.
La condición humana es interpelada desde el fanatismo y la codicia. La historia reciente de la dictadura queda en juicio abierto en la trama. El error se grita desde el horror de la humanidad. El shock de la verdad y el shock de la mentira cohabitan en la misma pieza. En la prisión, en la Venda Sexy. Y hacen el amor (y el odio), literalmente.
Alguien dispara al corazón de la historia, de la moral y la ética de Chile.
La Otredad de Mateo Iribarren

El veredicto del Jurado, que premió a Mateo Iribarren este 2025, lo dice en siete líneas: “La obra de Iribarren es relevante en la dramaturgia nacional por su construcción creativa, identitaria con la historia y por su rigor del desarrollo dramático. Heredera de la obra de Daniel Caldera, “Tribunal de Honor”, que remeció la escena nacional del siglo XIX, la obra de Iribarren desarrolla con talento el Teatro de la Palabra. Edifica un dialogo escénico con talento y rigor aristotélico, sellando su creación con una catártis irónica de dos finales para la decisión brechtiana del público. Un aporte para la dramaturgia nacional”.
El valor de la obra teatral “La Condición Humana” de Mateo Iribarren se define –se explica- en la Otredad, en la alteridad.
Es, finalmente, una historia de amor y desamor de la humanidad. En dos planos de la realidad. En la pesadilla y la normalidad en el día de hoy. En el pasado y en el futuro. En la sombra y en la luz. En un espacio con un calendario que no tiene días feriados.
(Así vivo al otro lado de la calle / tengo otro nombre / vuelvo a la vida con otro nombre / me enamoro con otro nombre / la beso con otro nombre / en la otra vida que vivo / para que no sea pecado / me perdone y se enamore /
entonces la olvido / la callo /cierro los ojos / le escribo por última vez/ la llamo por otro nombre / yo mismo con otro nombre / el otro del otro que llevo siempre / así es mi retorno / a la sombra del primer árbol / donde soy feliz /
donde siempre soy / a pesar de ser otro.)
“La Condición Humana” de Mateo Iribarren es parte de la historia teatral de nuestros días y merece un escenario para su estreno. Sus personajes deambulan en el juicio de la historia.
¡Ustedes son los que se han olvidado! Acusa la testigo en la otredad, en la realidad paralela de la obra y del país.














