Nelson Vinot, primer fagot de la Orquesta Nacional Sinfónica de la Universidad de Chile, es autor e intérprete del poema sinfónico “Tierra Sagrada”, obra que se eligió para celebrar los 183 años de la Casa de Bello en un Concierto de Gala en la nueva Gran Sala Sinfónica Nacional, el pasado jueves 20 de noviembre. El Maestro Christián Lorca, de manera notable, estuvo a cargo de la conducción del concierto.

Se trata de una obra musical única y monumental en la historia musical chilena, de los 84 años de la Orquesta Sinfónica Nacional de la Universidad de Chile. Un concierto histórico.

Es un encuentro de la historia de la música clásica, con sus cánones y constructos, con la sonoridad y las voces de los primeros pueblos, del Wallmapu y la cultura primigenia mapuche.

El Fagot se transforma en Trutruka y ella, a la vez, en Fagot, enamorados, para quedarse para siempre en la sonoridad chilena. Como así se hubiera escrito la historia de los instrumentos.

La percusión sinfónica se funde con los ritmos de cultrún, del makawa y el sonajero del wada. El trompe –adaptado por el pueblo originario de los mismos europeos- irrumpe desde las cuerdas y la percusión unidas. Las voces hablan en mapudungún y en español, en un lenguaje originario de la lengua cultural de nuestros tiempos. A la obra sinfónica le acompañan versos del poeta porteño Absalón Opazo, con la participación de Rocío Rojas, cantante y narradora.

“En el caso de “Tierra Sagrada” nos encontramos con una obra de densa proporción y orquestación que ofrece ahora a un instrumento como el fagot, una obra importante para su repertorio solista con gran orquesta, que no es lo usual que se encuentra en el repertorio”, comentaba el talentoso director de orquesta y su primera batuta en el estreno hace siete años atrás, Rodolfo Saglimbeni, recientemente fallecido.

En ese sentido, lo señalado por el profesor Ulises Cárcamo, en una disertación acerca del valor de música en la construcción interior de cada una de las personas, calza en el espíritu que cruza la obra de Vinot. La armonía – expresa Cárcamo- nos brinda una oportunidad, no de descanso, sino de acceder a una música que comunica significado simbólico mediante la combinación de elementos estructurales que evocan respuestas emocionales y cognitivas. Hubo quien dijo una vez que «La música expresa aquello que no puede decirse con palabras y aquello sobre lo que es imposible permanecer en silencio».

En este sentido, agrega Cárcamo, que “la autoconstrucción de un muro para un confinamiento emocional y la edificación de la moral, en el actual contexto social, tecnológico y cultural, puede constituir un interesante debate con un fuerte contrapunto del cual podríamos obtener mucha riqueza personal y colectiva”.

Y parte importante de la trascendencia de la obra de Vinot se expresa en el valor simbólico de “Tierra Sagrada”. Eso explica, de alguna manera, que cale hondo en la audiencia, donde cada uno reconoce al poema sinfónico como propio.

Homo Deus Mapuche

Desde el primer movimiento de la obra, -la danza “Choike purrún”– se siente la gloria del Pillán, que viene de la montaña. O la del Füta Chaw, creador de la Humanidad… O al Ngunem o Ngunechen, el espíritu que guía la tierra y a las personas.

Nadie queda insensible a la explosión sonora del primer pueblo en el segundo movimiento – Trafwe– en la Gran Sala Sinfónica, donde se glorifica al ÑenechenÑenemapumElchen, dominadores, controladores de la gente y de la naturaleza.

Es así que irrumpe con fuerza el incendio en la pradera del guerrero Weichafe – el tercer movimiento de la obra- con la presencia simbólica de los dioses del rayo Tralkan FuchaTralkan KuschePillán FushaPillán Kushehasta alcanzar el sol y la luna con Antu FushaAntu KusheKuyen FushaKuyen Kushe.

Es la música incidental de la historia de Chile escrita en la voz del fagot de Vinot.

“Tierra Sagrada” de alguna manera cuenta la historia de Chile descontada y escondida en la sombra de la narrativa oficial. Sin embargo, sus voces, su música, sus dioses no son sobrenaturales, en el sentido de nuestras religiones occidentales. Para el pueblo mapuche solo existe lo “natural desconocido”, en lo que reconocen residencia en la sagrada sabiduría de la cosmogenésis. Sin embargo, el talento del primer fagot de la Orquesta Sinfónica escribe –reescribe- desde los cielos de la belleza musical, el himno originario de nuestro primer pueblo.

La naturaleza, la tierra y el pueblo mapuche son los sonidos, las voces de la obra sinfónica.

En esta perspectiva, la obra musical de Vinot da cuenta del Mapudungún“el habla de la tierra”.

“Tierra Sagrada” está inserta en la historia de la música chilena, inmersa en el orden originario del pueblo Mapuche, con la melodía y los ritmos de la naturaleza. Así se reconoce el viaje de la creatividad de Vinot en el develar al pueblo mapuche a través de la intuición, su inteligencia iniciática, el sentido del fuego, la alegría de vivir, el dolor del daño, de la invasión, de la poética de la vida con su claroscuro.

La obra de Vinot nos recuerda al profesor Gastón Soublette que defendía al pueblo mapuche. “Su sentido de la libertad y de la dignidad –expresaba con convicción- es muy superior a toda etnia americana”.

El aporte del poema sinfónico, sin duda, recupera el tesoro de los pueblos originarios a través de unirlos a la cultura ilustrada y urbana, que propiciara el profesor “Sabio de la Tribu”.

Y la música, una vez más, ha cumplido con su existencia.

De pronto, las Araucarias –el Pehuén, árbol sagrado- alcanzan el cielo de “Tierra Sagrada”.

Fotografías: Gentileza CEAC Universidad de Chile.

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