“No dejes que termine el día sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, / sin haber aumentado tus sueños. / No te dejes vencer por el desaliento. / No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte, que es casi un deber”.

Me sopla al oído Walt Whitman.

Un aplauso entusiasta recorre el Palacio Consistorial de la Municipalidad de Santiago en el momento que se nombra a Pía Barros como la escritora elegida con el primer lugar, Premio Municipal 2025en el género Cuentos, por su libro “Costras”, en fecha después del Día de los Inocentes del año pasado.

Recibe un Diploma, que en rigor me parece reconocer El Espejo de la Magia de Kurt Seligman, que nos recuerda que refleja la conciencia plena de la escritora en la reconstrucción de consigo misma, con su pueblo, con sus luchas feministas. Con sus amores. Con sus dolores.

Es el espejo de sus páginas luminosas, –que ven claro- escritas, impresas en tinta roja, entusiasta por su prosa filosa, filósofa y bella, con las historias de mujeres cercanas a cada uno de nosotros, imágenes rayadas en los muros de la belleza que no se dejan vencer hasta alcanzar la ternura. ¡El resplandor de los lectores! Con residencia en nuestros barrios. Historias mágicas. Verdaderas.

Leídas en su voz gruesa, heredada de su abuela, íntima, cantadas desnudas, palabras caminadas por el pasillo del microcuento, inaugurando un género en los premios literarios de Santiago.

“No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario. / No dejes de creer que las palabras y las poesías / sí pueden cambiar el mundo”.

De Costras, Heridas y Cicatrices

Entonces, Pía Barros acomoda su sombrero de vaquera, domadora del idioma y el cuento en regla constitucional. Escribe la develación a las escritoras, descifra su clave en solo cincuenta, en pocas palabras para no regresar y quedarse en los costados del idioma. En Villa Grimaldi es una niña que corre adonde su mamá para preguntarle a la vida porqué esa señora le sonreía si estaba toda llorada por dentro… en cinco líneas. Aunque me llame dospormil” de aquí en adelante.

De eso se trata su talento. En 10, en 15 líneas. Renuncio a contarlas. Largos textos –invento- quedan dando vueltas después de la lectura. Reververan.  Entonces, los lees de nuevo y vuelves a otra dirección, en otra población, siempre al norte, donde viví mi infancia, en un transitar de adivinadora que me lleva al sur, donde fui siempre feliz.

“Hay que quitarle la costra a las heridas de las cosas, mamá”, sentencia Barros en “Nanai”...“No sigas llorando”, remata.

Pero que nadie se confunda. Barros siempre abre la puerta a la palabra bien escrita, aunque doble en “Z” y vuelva a la “A” arrepentida. Escribe y escribe microcuentos con las reglas del reglamento mundial de los microcuentos. Sin embargo, a veces me parecen libretos para una obra de teatro y otras, son textos hermanos de la poesía pura. O una novela escondida en una página.

“La vida es desierto y oasis. / Nos derriba, nos lastima, / nos enseña, / nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia. / Aunque el viento sople en contra, / la poderosa obra continúa: / Tu puedes aportar una estrofa”.

Las “Costras” nos cuentan las historias del Chile reciente. A veces camino por la ciudad de los desparecidos. “Hay tufo de sables en el viento de la ciudad. Enceguecidos por la manipulación de las pantallas, reverberan las falsas noticias que se replican en un rosario intermitente… Excretan rabias supuran olvidando que todo puede repetirse cincuenta años después…”  En un Déjà Vu de mal agüero. La Memoria persiste como persisten las sonrisas de los viejos y el porfiado gesto de la esperanza.

Barros saca la suerte a la gente y tira el Tarot en sus relatos de malasuerteAsí y todo, la Libertad es un papel amarillo que resplandece en la bondad emergente de su pluma que pía en ristre.

“Valora la belleza de las cosas simples. / Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas, / pero no podemos remar en contra de nosotros mismos. / Eso transforma la vida en un infierno. / Disfruta del pánico que te provoca / tener la vida por delante. / Vívela intensamente, / sin mediocridad”.

Escribe y escribe. Leo y leo. Escucho el susurro, “el lento crecer de los tulipanes”, que acaricia la Pía jardinera. Los viejos sonríen y no pueden esconder el porfiado gesto de la esperanza de los cuentos breves.

Y mejor lo explica el Comunicado Oficial del Jurado: “En su libro “Costras”, la escritora Pía Barros levanta una propuesta basada en la brevedad, la concisión y el uso de un lenguaje depurado, riguroso y que alcanza tonos bellamente poéticos. Los textos, diversos tanto en perspectivas como en despliegue de técnicas escriturales y finales sorprendentes, se estructuran en seis apartados que se enlazan en la temática instalada en el título del libro. Es una lectura de obra completa, en la que se constata la presencia de la mirada feminista, la humanidad herida y la esperanza que no muere”.

Y su publicación, bajo el sello de Ediciones Asterión, delata la luna llena y la conjunción de los astros en el papel: estrellado, lleno de estrellas, resplandeciente.

La portada del libro “Costras” duele a Guillermo Núñez, su autor.

Imagino su último trazo. ¿Será la misma jaula donde se encarcelaba a la ternura de los artistas, dictaduras atrás?... “Un círculo difuso”, dicen qué es. Una mano, una vulva, un teclado, donde nace la música. La portada es una ventana abierta de par en par, donde entra la brisa de la mañana. El aire puro. Donde Guillermo Núñez se queda a conversar con Pía Barros y pinta su puerta.

“La sociedad de hoy somos nosotros: / Los “poetas vivos”. / No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas”.

Insiste Walt Whitman. Lejos, se merece el Premio.

Insisto: ¡No te detengas, Pía Barros!

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