La ilustración corresponde al talentoso artista Daslav Iván Maslov Igor.

Chile vivió el viernes pasado un salto cuántico. Pasamos de una dimensión de un país de neón, almibarado y de 400 mil autos nuevos al año, a una dimensión donde emergieron las sombras y las estrellas.

Los estudiantes invisibles saltaron por los torniquetes del Metro y se aparecieron gritando por el alza de los pasajes por 30 pesos. Entonces se unieron las dueñas de casas invisibles y los abuelos invisibles. Como una ráfaga del tiempo aparecieron los trabajadores invisibles. Las estaciones de Metro se llenaron de mujeres invisibles y de hombres invisibles.

Los 30 pesos nos llevaron a 30 años atrás en una comprobación científica de la nueva dimensión. Desde ese día se propagaron los hombres invisibles, se tomaron las calles y la gente invisible volvió a cantar el Puro Chile invisible. Y en cosa de horas, aparecieron las ollas invisibles y los cacerolazos invisibles. Se formó una orquesta sinfónica de ollas invisibles de miles de músicos invisibles.

Hubo, eso sí, vándalos, ladrones de mala leche, que se aprovecharon de las sombras para cometer sus fechorías, para desacreditar el alma de los hombres invisibles. Curiosamente, realizaron sus faenas delictuales en el Metro y los supermercados sin la custodia debida de las policías, en un asalto para ennegrecer el cielo y hacer desaparecer a las mujeres invisibles y a los hombres invisibles en una paradoja de la física cuántica. Para engañar a los niños invisibles que el color de la dimensión humana era de fuego y robo.

El Gobierno de la dimensión anterior, que venía a los tumbos y montado en el descrédito, se volvió desde este viernes pasado en un desgobierno: un gobierno invisible. Incapaz, el presidente llamó a los militares -en un deja vú histórico- para que lo sacarán del entuerto de este pueblo invisible alzado. Entonces, volvió –como era la historia- a llamar a la gente invisible como “vándalos y delincuentes” en su recuerdo a “los terroristas” de antaño. Su mujer, la Primera Dama, los llamó “una invasión alienígena”, como antes lo dijera un almirante por “los humanoides”, que eran los hombres y mujeres invisibles” de los años 70 y 80.

A pesar del presidente, en un infeliz momento, le declaró la guerra a los invisibles. Fue entonces, que los invisibles se unieron en la invisibilidad de la vida para cambiar el mundo.

Así se llenó las calles de hombres armados para desarmar los sueños. Y craso error. Ya la gente invisible estaba cantando y bailando en la Plaza Ñuñoa, con sus lanzas de alegría, con los cucharones y las ollas. Por horas, por días, a toda hora. Lo mismo sucedía en Linares, donde la Margot Loyola invisible desde su monumento agitaba su pañuelo blanco junto a los maulinos invisibles que protestaban, o en Copiapó, en Caldera, que el pueblo invisible tomaba el tren de la libertad, como lo hizo por primera vez en el continente. Así, mi querida Chillán, en la misma plaza de armas, de hace 50 años, celebraba bajo la lluvia la llegada del hombre a la luna, se llenaba de chillanejos y chillanejas invisibles invocando en su tambor a su Violeta invisible y a su Nicanor invisible que volvía con su consigna “la izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas”. Así, en Arica y en Punta Arenas, los hombres invisibles se tomaban el Morro de la desigualdad y las mujeres invisibles rendían honor con valentía a su condición de tierra del fuego.

Lo mismo, por todo el mundo. En Berlín, mi sobrina Victoria invisible bailaba en la Puerta de Brandeburgo para que no nos sintiéramos solos, los invisibles. Lo mismo, en Ciudad de México, mi amiga Carla invisible, la historiadora iquiqueña, llevaba una bandera chilena invisible para que no olvidara lo sucedido y soñara el futuro. Lo mismo que la Carla, la cantora invisible, en Boedo, Buenos Aires, entonaba con sus hermanos cantores invisibles el himno que se repetía del Pueblo Unido invisible, como si todo el mundo invisible, los países latinoamericanos invisibles, fueran uno solo junto a los hombres invisibles de mi país.

Chile clama para dejar de ser invisibles. Hace unos años, en una profecía auto cumplida, pensadores invisibles anunciaron que Chile dejaría de ser feliz y que existía la necesidad de cambiar el modelo económico y social, ayer. Hermanos invisibles, hombres invisibles, que venían desde el norte y el sur.

Hoy, el desgobierno y los partidos políticos se reúnen en La Moneda para parar el viento. No sé si será lo mismo de lo mismo. Intentan bajar la temperatura, pero nadie está convencido que el país se mejorará de “esta enfermedad”.

Chile no está enfermo. Al contrario, goza de mucha invisibilidad. Lo que pasa que hay todavía mucha gente que no quiere ver a los invisibles y le gustaría que don Gatopardo (cambiar todo para que siga igual) ganara la mano. Los invisibles piden libertad, igualdad y fraternidad. Una mesa donde se sienten todos, los rojos y los azules, los del Colo y la U, los trabajadores y los empresarios, los jóvenes y los grandes. Ni más, ni menos.

Si no hay acuerdos, los invisibles seguirán con su filarmónica de pueblo en pueblo, tocando su himno de la alegría. Como lo fue anoche, desde un edificio de departamentos, donde una cantante de ópera, cantó una canción de Víctor Jara en medio de un bullicioso caceroleo que respetó su excelsa interpretación. Sus vecinos la ovacionaron en reconocimiento a su talento. Sintieron que la vida era mejor y que la canción los unía. Esa es tal vez la alegoría que nos falta para entender lo que está pasando en Chile. Quizás, nuestros artistas tienen la vara mágica de transversalidad social y política para que nos entendamos sin prejuicios y magnanimidad. Es hora de convertir a los invisibles en mujeres y hombres de bien para construir un país digno.

 

Felipe De la Parra Vial

Director Entrama Cultural

 

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