11 DÍAS PARA UNA TRAMA COMPARTIDA
La propuesta visual aquí presente busca pensar la memoria desde los cuerpos que actúan y dialogan con el espacio; cuerpos devenidos aquí, desde un entorno inmediato, cuyas historias atraviesan el lugar en el silencio del que transita la ciudad —un silencio que reclama, para recobrar la voz. Esos diálogos, alojados en el espacio y en los cuerpos de la sociedad, con sus tránsitos invisibles, permiten un habla que comparece en esa trama compartida que habita cada rincón de la ciudad y en los espacios de la nación donde esta se deja y se permite hablar.
El espacio propuesto es abierto, para ser habitado; el paisaje se vuelve diverso y lo inmensurable de la voz y sus relatos abarca los muros de este habitar. El ejercicio, como memoria gráfica, propone habitar desde el acontecimiento personal. El cuerpo de casa studioart.n32 se deja allanar con 11 trabajos —de Génesis Teihuel, Claudia Monsalves, Paula Garcia, Kae Lazo, Daniela León Landeros, Pablo Flores Donato, Mauricio Bravo C., Vogel, Victor Hugo Bravo, Paolo di Girolamo, y Máximo Corvalán-Pincheira — que desde diferentes lugares y visiones, nos ofrecen una manera de ver el lugar desde otro lugar, que puede incomodar nuestra mirada del 11 de septiembre de 1973. Mirada que puede venir en memoria, en recuerdo, o de cómo cada uno de ellos y a través del tiempo, revisa la historia reciente desde diferentes lugares.
La memoria se hace de pequeñas partes y relatos, desde la fragilidad del recuerdo o desde la borradura que proviene del horror. Pero la historia sigue reproduciéndose desde el vencedor; aquí tratamos de darle un cuerpo gráfico a ese relato desde nuestras propias experiencias, a una historia que ya lleva más de 50 años, donde aún hay relatos no contados, quizás inimaginables por los horrores de quienes las vivieron o las han seguido viviendo. Aquí esos relatos los construimos desde la visualidad y desde nuestras propias experiencias.
1.El relato y el secreto
Siempre hay alguien que tiene su propia versión de la historia, o que recoge la experiencia de un cercano y la relata como propia. Son historias que se borran deliberadamente para no recordar los horrores vividos. Allí el relato se construye desde dos partes: la de quien relata y la de quien escucha. La voz de ese familiar o conocido, que muchas veces proviene en tercera persona —eso que le contó su abuelo a su nieta, o el del vecino que enmudeció ante la barbarie—. Esos relatos, puestos en el secreto individual, deambulan por los rincones del cuerpo con su profundo silencio. Allí, donde yace la otra parte del cuerpo mismo, la grieta sigue abierta. Como dice David Le Breton: «el secreto encuentra su terreno abandonado en el silencio y su enemigo declarado en la palabra». Pero la palabra no resuena, no quiere incomodar, o no trae a la memoria aquello que no se puede contar. Las huellas de ese tránsito doblegan la palabra, y en momentos enmudece ante un silencio que hay que saber escuchar para captar los horrores de ese instante.
2.El silencio
Escuchar las voces de quien nos habla es hacer memoria. El no-silencio como herramienta de resistencia; vaciar la voz para poner sonido a las palabras ante los demás. La voz necesita respirar la palabra para construir el relato faltante. Saber escuchar el silencio del otro es comprender dónde comparece el mensaje: tal vez no en la palabra, pero sí en la mirada perdida del recuerdo que busca en su pausa poner la voz, tratando de construir aquel cuerpo ausente, esa no-humanidad que produjo el otro. ¿Qué nos ocurre en la memoria? Se nos fue la voz y se nos quedó el cuerpo, o bien se nos va el cuerpo y la voz nos habla, poniéndonos las palabras faltantes en ese tiempo por devenir.
3. La trama compartida
Compartir no es un acto menor. En una sociedad fracturada e individualizada, donde las memorias han sido acalladas, el gesto de compartir se vuelve político. La trama compartida no es un relato unívoco; es un entramado de voces, silencios, imágenes y experiencias que convergen para decir: esto pienso, esta es mi mirada respecto a un hoy incierto. Implica despojarse de certezas, abrir la puerta a la otredad y permitir que la propia historia se encuentre con la del otro, tejiendo un territorio común donde quepan contradicciones y matices. Porque la memoria no es un archivo inmóvil, sino un campo de batalla donde se disputan los sentidos del pasado con los del presente. En esta muestra, 11 obras dialogan, se tocan y se contradicen; cada artista ofrece una pieza de ese rompecabezas inconcluso, y el espectador se vuelve parte activa de esa trama, integrando su mirada y sus silencios al tejido colectivo. La trama compartida es, entonces, un ejercicio de confianza en que, a pesar de la grieta, es posible encontrarse en el relato
4. El partido ( con los) fantasma
En noviembre del 73, dos meses después del golpe, se abrió el Estadio Nacional para el partido entre Chile y la URSS. La inquietud de la gente era volver a ver el estadio por televisión, ya que ese mismo año casi todo el país se había ubicado frente al televisor para presenciar la Copa América, donde participaba el famoso Colo-Colo de 1973; no había casa donde no se juntaran los vecinos para gritar y alentar al equipo nacional. Aquellas gradas que saltaban y alentaban con cada gol, ahora solo susurraban silencio. Ese ánimo festivo cambió bruscamente: las tribunas pasaron de ser ocupadas por hinchas a ser un campo de detención.
Sabiendo eso, volver a estar frente a la pantalla y ver cómo los jugadores de la selección tocaban el balón hasta el pórtico vacío del otro lado era una experiencia desoladora. Mirábamos con la curiosidad de quien se asoma a un vacío; el campo del equipo contrario estaba vacío: una ausencia política y un gesto de desagravio frente a la dictadura.
Dos semanas antes, realizaron un desalojo exprés para que la FIFA autorizara el evento. Los jugadores nacionales, en su relato de incertidumbre, fueron los primeros en ver los rayados en las paredes de los camarines, dejados por los cientos de detenidos. Para los visitantes y la televisión se dio un partido, extra para llenar las tribunas, pero ahora, ante el Santos de Brasil, que sin su rey Pele, venció a Chile por 5-0.
5.El cuerpo allanado
Hablar del cuerpo allanado como territorio de resistencia es adentrarse en lo que el cuerpo guarda en sus pliegues: la historia y la memoria de cada habitante. Son esos cuerpos desplazados por la ciudad que, sin saberlo, repiten los trayectos de quienes también transitaron esos espacios. Los 11 trabajos gráficos aquí expuestos se allanan sobre el papel; el trazo, la línea, la mancha, la luz y la sombra, o el objeto traído como signo, se leen como extensión del cuerpo de cada artista, huella expuesta que en CasaStudio Art.N32 transforma el lugar en refugio, pero también enfrenta al espectador con su propia historia. Estos cuerpos de obra, que se dejan ver y habitar, nos convocan a reconocernos en nuestra fragilidad y en nuestra diversidad de historia.
6.La fotocopia: el retrato que camina por las calles
Hay imágenes que persisten en el imaginario de quienes vivieron la dictadura: la fotocopia del retrato. Aquellos rostros reproducidos que caminan junto al pecho de un familiar; el rostro de un desaparecido se multiplica en nuestra memoria y, al caminar, insiste en no ser olvidado. Es un gesto de presencia ante la ausencia. Hoy, esos rostros caminan por todas las calles de Chile, y somos de algún modo uno de ellos. No porque todos seamos desaparecidos, sino porque esa fractura la llevamos en nuestra memoria y en cada rostro de cada transeúnte. Son los rostros multiplicados por la historia, y la mirada es un gesto en un silencio que todavía hace eco. Hoy volverán al Estadio Nacional, se entrelazarán unos con otros. La fotocopia del retrato es una invitación a reconocer en el otro esa historia compartida, a entender que cada rostro es un archivo vivo de lo que fuimos y de lo que aún podemos ser.
Ricardo Villarroel Corvalán
Santiago, septiembre de 2026









