A través de una voz joven que observa y resiste el entorno que la contiene, la autora construye una historia marcada por el miedo, el deseo y los secretos familiares, en medio de tensiones políticas que transforman radicalmente el país. Como explica en esta entrevista, se trata de dos dimensiones en crisis que avanzan en paralelo, donde la experiencia personal y el conflicto histórico se potencian mutuamente.

En ese cruce, Loco latir propone una mirada que incomoda y conecta generaciones, al mismo tiempo que dialoga con una tradición latinoamericana donde la ficción y la realidad se rozan constantemente, revelando —desde la intimidad— las fracturas más profundas de la sociedad.

 

En Loco latir hay una convivencia muy potente entre lo íntimo y lo político. ¿Cómo construiste esa relación dentro de la novela?

-La relación está en que ambos lo íntimo y lo político son dos mundos que están cambiando y no solo que están cambiando (revisión del concepto de propiedad de la tierra en Chile) sino que están conflictuados en un acabamiento: el grupo de terratenientes se enfrenta por primera vez al cambio de perspectiva y finalización de su mundo inalterado de propietarios de la tierra. Por su parte, Makena en estricto secreto vive un acabamiento de mundo personal por su miedo a estar embarazada de su primo hermano y del escándalo que esto supondría en su familia

El contexto de la Reforma Agraria aparece como un pulso de fondo. ¿Qué te interesaba rescatar de ese momento histórico en particular? 

-El momento inicial, la primera vez en que el grupo poderoso terrateniente se enfrenta a una perspectiva distinta acerca de la propiedad de la tierra. Les horroriza la fuerza que toma la conciencia popular acerca de la socialización de este derecho de propiedad y por supuesto, se convierten en adversarios inmediatos de la posible terminación de este derecho que ellos consideran ancestral.

En la novela nos encontramos con varios hitos emocionales: la ansiedad adolescente, el temor al embarazo, la hermeticidad de las familias con poder agrícola y discriminación y cero empatía con los que no son de su clase ¿Cómo dialoga esa dimensión emocional con la estructura narrativa del libro? 

-Más que dialogar, lleva y dirige la narración. Toda ella pasa por el tamiz de las diferentes emociones de la protagonista y su observación crítica del grupo familiar al que pertenece. La Reforma Agraria está vista desde sus ojos de adolescente perteneciente por nacimiento al grupo terrateniente, pero con clarísimas simpatías por el grupo de los desposeídos.

La novela tiene una voz adolescente muy marcada. ¿Cómo fue el proceso de construir esa mirada?

-Es todo un desafío en el que está también la investigación de modos de habla adolescente y una actualización de las propias maneras de hablar en la adolescencia de la autora.

Tu obra ha explorado consistentemente la tensión entre individuo y estructura. ¿cómo se siente en Loco latir?

-Esta tensión va creciendo. A medida que aumenta el miedo de la protagonista al embarazo, paralelamente al remezón dentro el mundo de los poderosos agrícolas, – un mundo intocable desde hace siglos – donde se ven enfrentados a la expropiación o a la división de sus tierras entre sus trabajadores y ellos mismos, situación a la que casi todos se niegan en redondo.

¿Qué lugar ocupa esta novela dentro de tu trayectoria? ¿Dialoga directamente con otras de tus obras?

-Esta novela es una de las más queridas dentro de mi trayectoria. Dialoga con “Los años urgentes”, pero tiene otra voz muy diferente: a la rabia, dolor e impotencia continúa expuesta en “Los años urgentes” se contrapone una visión crítica pero cercana al grupo dominante. Los ve temblar ante la posibilidad de quedarse sin tierra; mira con piedad sus aprensiones, las critica y se ríe un poco de ellas. Pero tiene conciencia de su proveniencia y no la ataca directamente.

En Loco latir hay una mezcla de intensidad emocional y humor. ¿Cómo trabajas ese equilibrio en la escritura? 

-El humor sale solo. Las situaciones de un grupo de terratenientes enfrentando obstáculos insalvables como la rebelión campesina, creyendo que todavía tienen el poder y dispuestos a mantenerlo y el enfrentamiento al encierro producido por una lluvia apocalíptica hacen salir lo peor y lo más ridículo de los componentes de ese grupo, lo que se ve subrayado con el trato obligado con el nivel social emergente de los campesinos que se reúnen para discutir el reparto de las tierras. Salen a flote, todos los prejuicios, todos los temores, todas las tonterías magnificadas de parte de gente que está acostumbrada a mandar y de pronto ve que está encerrada y obligada a enfrentar un verdadero fin de mundo.

En términos literarios, ¿qué te interesa provocar hoy en tus lectores?

-Me interesa provocar dos cosas: inquietud y lograr una cercanía con el grupo de lectores de las generaciones jóvenes – que son las que tienen y tendrán la palabra en nuestro país – y además, un reconocimiento nostálgico en el grupo de lectores mayores, que reconocerán en el libro la época aludida en que comienza por primera vez la posibilidad de un reparto de tierras que hasta ese entonces eran consideradas intocables.

Has sido candidata al Premio Nacional de Literatura. ¿Cómo vives ese reconocimiento en esta etapa de tu carrera?

-Con gratitud y con responsabilidad. Más que nunca sigo escribiendo y sé que soy escritora, algo que demoré años en saber y más años aún en mantener.

¿Qué crees que puede aportar hoy la literatura frente a contextos sociales tensionados? 

-El aporte de la literatura a contexto sociales tensionados es máximo. Ya en los años 70, Gabriel García Márquez sostenía que Latinoamérica es la única región del mundo donde lo que se cuenta en una novela se cumple poco después en la realidad. O donde las novelas suceden poco después, en el mundo presente. Es decir, los hechos literarios están de tal manera conectados con nuestro suceder que no resulta difícil pensar que pueden suceder o sucederán. Esto es una moneda de dos caras: por una parte, muchas veces los sucesos políticos latinoamericanos siguen perteneciendo al realismo mágico, por su intensidad, totalidad y dramatismo. Por otra, que los escritores tenemos el deber, desde nuestro foco, perspectiva o temores, de escribir sobre lo que puede pasar o sobre lo que ya pasó, para que vuelva a pasar otra vez. Es un poder que hay que manejar con discreción, pero sin miedo.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here