¿Cómo lo digo, si tu lo dices por mí, Federico?

Cómo lo digo, cómo lo dices, Federico. La palabra exacta en el tiempo de todos los tiempos. Vacunada contra la gripe de los lugares comunes y la mentira. Hilvanada con la imaginación de la realidad más mágica que aprendimos en la vida y en los hallazgos de las bibliotecas de los libros de papel.

Entonces, me dí cuenta que tus “Crónicas a Cuatro Manos”, – ahora tu último libro- estaban escritas, estrechadas, unidas, junto al talento de tu hermano Andrés, tu hermano “Titi”, delatado por su trazo venido de la simpleza de la belleza, del color de la vida, frágil e inmediato.

Reconocí que no podía leer tus crónicas así, no más. Que las Cuatro Manos estaban destinadas a leerlas con Cuatro Ojos. Que residían en los barrios, en la vida cotidiana, donde entendimos los universos en los Cuatro Puntos Cardinales: el Albedrío, la Paridad, y la Amistad. Que sus páginas tenían residencia en el Norte, donde trabajaste hace años atrás, que nos hace ricos de cobre y litio, de flores pizpiretas que amanecen sin permiso en el desierto y en el Poniente, de inmenso mar, donde nos enamoramos –soñamos- los atardeceres como el derecho a beso por el amor para toda la vida. Soñamos.

Leo una y otra vez tus crónicas. De adelante y en el sentido contrario, que son parte de tu porfía literaria.

El llevar la contraria es un buen signo para disfrutar tus textos que interpelan las siutiquerías chilenas por la sencillez de cada una de las personas nobles que mencionas.

Creo que hay que leer las “Crónicas a Cuatro Manos” con los cuatro sentidos: la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto. Solo así se disfruta mejor. Como si fueran Cuatro Federicos, Cuatro Titis… Algo de eso, hay. Lo aseguro. Aunque sumen cinco las vocales. Y la palabra grave se lea como esdrújula.

Es necesario recordar la vieja tabla del 4, porque en tu libro, Federico Gana, el Cuatro es la clave para cambiar el mundo en un destino de amabilidad y belleza literaria. Y su cómplice es el Titi, que traza la geografía de tus crónicas desde la imagen, que habla por sí sola.

Advierto que hay que leerlo con cuatro recursos de amparo: la pertenencia, el amor a la humanidad, la emoción que guarda cada crónica y la sonrisa de la mirada, que se muere de frutas.

Tu libro, Federico, por eso, puede ser peligroso para algunos e interdicto para los que se esfuerzan en difícil para describir el morir como forma de vida. Aunque concluyan que la puerta del colegio siga mala como lo aseveras en uno de tus relatos. Tu siempre encuentras la belleza de la vida.

Otro ejemplo. De los Cuatro Domingo de las Cuatro Semanas del mes, tu relato me une con la ceremonia del disfrute del Sauvignon Blanc, helado, como el elixir de la fiesta libertaria de vivir, a pesar del aumento del combustible del nuevo presidente.

Si bien es cierto, la vida es crónica. Cada vez hay más guerras y se pierden las elecciones. Tú, Federico, en cambio, vuelves a la crónica en su espíritu amable, cercana entre los hombres de respeto, vecinos, encopetados y pobladores.

Así hay que leer tu donaire de dar cuenta de la existencia crónica de las crónicas. Arriba de la nube y volando con los pies en la tierra. Crónicas de gracia que se leen con crónico entusiasmo que nunca mueren, a pesar de su destino crónico, corto y de pocas páginas cada una. Donde tú te conviertes en un protagónico deudo de un uniformado que nunca conociste. En crónicas de literatura, crónicas para entender la vida cómo eran antes en los diarios, que se engalanaban con pequeñas historias, que eran las más importantes ante tanta noticia del mal agüero. De las guerras y los golpes arteros de los equivocados que entienden la vida desde la muerte.

Y tú escribes desde el contrapunto, desde el honor al Maestro Daniel de la Vega, periodista y escritor, noble profesor que daba clases desde la crónica periodística. Inventor que descubría la existencia de los chilenos desde las columnas a cinco picas del diario de vida tipográfica.

De eso trata tu libro, Federico. De cuatro destinos. Del Sur al andar en la Población en busca del maestro que arregla los refrigeradores. Del Oriente, del país más lejano, donde peleaba Godfrey Stevens, mi vecino boxeador de la Juan Antonio Ríos. Tú, en la cordillera, y yo, en la Población Vivaceta, pegados a la radio junto a nuestros padres, en horario prohibido para estar despiertos, imaginando el destino de salir campeones alguna vez, por siempre, por cierto, segundos, aspirantes, por siempre.

De eso se trata tu libro.

Cuatro Ojos para leer el entre líneas de las Cuatro Esquinas de nuestros cuatro azares. Donde doblar a la izquierda sigue siendo prohibido, por cumplir el sueño de la justicia social de la Igualdad. Donde mirar al cielo se sueña con la Libertad, donde elejímos las calles de la Fraternidad, en las Cuatro Bocacalles del surrealismo que tiene la vida sencilla de todos nosotros. Donde el rojo se apodera de la hora ocho en el verano y donde el arcoiris en invierno, siempre tiene un designio de ir en contra de la lluvia, para decir en voz alta que el sol está vivo, rebelde e inventado, vestido de añil y multicolor.

Es cierto lo que dices: “bajo la lluvia, somos todos iguales” y admiro tu práctica de “no escuchar bocinazos”. Eso me explica, en buena parte, mi admiración de tu sabio relato.

No pierdas lo que cuentas. Vuelve, sigue escribiendo. Aunque la gobernanza de la Abuela siga de dueña del baño de la casa de veraneo. No dejes de seguir escribiendo la carta para tu amada del estío, para que, en una de esas, sepa tu nombre y se entere que sigues enamorando en cada verano, en toda tu vida.

La vida es surreal y se da cita en tu libro, Federico, con todos nosotros en la cuarta dimensión de las cuatro manos que dicen que la cotidianidad es mágica.

Aunque nos adviertes que “las palabras merecen el honor de la pausa”.

Sin embargo, continúas, persistes. Tus crónicas y los dibujos de tu hermano siguen el designio de entusiasmar a los lectores y a las lectoras. Se leen con el vértigo que te regala el hilván de la historia bien contada.

Leer “Crónicas a Cuatro Manos” nos desborda el río de la imaginación de todos los días. Dan ganas de volver a sacar a bailar un lento a la niña encontrada y contarle tus relatos para que nos dure más el libro.

¿Cómo lo digo, si tu lo dices por mí, Federico? Cómo lo digo, cómo lo dices, Federico, en tu condición de vidente de la palabra sencilla y bella.

Cómo le explico a mis hijos que eres un nigromante bueno, único en el mundo de preparar en una receta mítica, que eres capaz de revelar el último arcano de la preparación de las lentejas rellenas.

Las lentejas rellenas son el desafío más grande a descubrir en tus “Crónicas a Cuatro Manos” y eso te delata en tu militancia en el Cuarto Poder de la Palabra.

Ilustraciones: Andrés (Titi) Gana Johnson.

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