La obra de Pablo Flores Donato se sitúa en el cruce entre memoria urbana, dibujo e historia material. Su investigación explora los antiguos trazados ferroviarios y tranviarios de Santiago, entendidos no sólo como vestigios de una infraestructura desaparecida, sino como signos que continúan inscribiendo su presencia en el territorio. Aunque los rieles han sido cubiertos, fragmentados o desmantelados por sucesivas transformaciones urbanas, sus huellas persisten bajo la superficie de la ciudad como una escritura latente que resiste al olvido.
La práctica de Flores parte de una observación atenta de estas marcas. Allí donde la función ha desaparecido, emerge la potencia simbólica de la línea. Los antiguos recorridos ferroviarios dejan de operar como sistemas de transporte para transformarse en registros gráficos capaces de activar relatos, memorias y formas alternativas de comprender el espacio urbano. La ciudad se revela así como una superficie continuamente escrita y reescrita por distintas generaciones de infraestructura.

Sin embargo, la mirada del artista no se detiene en el pasado. Sobre las líneas férreas se han ido superponiendo nuevos sistemas de conexión: tendidos eléctricos, cables telefónicos, redes de fibra óptica y dispositivos de transmisión de datos que recorren fachadas, postes y estructuras industriales. Estas nuevas líneas no sustituyen a las anteriores; se acumulan sobre ellas, formando una compleja red de temporalidades donde conviven distintas etapas del desarrollo urbano.
En la obra de Flores, las líneas ferroviarias desmanteladas dialogan con los actuales sistemas de cableado que atraviesan la ciudad. Si los rieles condujeron personas y materias primas durante el proceso de modernización industrial, los tendidos eléctricos y las redes de telecomunicación conducen hoy energía, imágenes, voces y datos. Ambas infraestructuras constituyen formas de escritura sobre el territorio, registros materiales de distintas épocas que revelan cómo cada momento histórico construye sus propias geografías de circulación y conexión.
A través del dibujo, el grabado y diversas estrategias de registro, el artista recupera fragmentos de esta cartografía oculta. Sus obras funcionan como excavaciones visuales que permiten reconocer las capas superpuestas de la ciudad, revelando un paisaje donde las huellas del pasado continúan dialogando con las tecnologías del presente. Cada línea recuperada actúa como un palimpsesto que conserva rastros de distintos tiempos y formas de habitar.
Más que una aproximación nostálgica, la propuesta de Flores plantea una reflexión sobre los mecanismos de visibilidad e invisibilidad que operan en la construcción de la memoria urbana. Hacer aparecer aquello que permanece enterrado implica cuestionar los relatos lineales del progreso y reconocer que toda ciudad está compuesta por múltiples estratos de experiencia, conflicto y transformación.
La ciudad aparece entonces como una vasta trama de líneas superpuestas: vías férreas ocultas bajo el pavimento, cables que recorren fachadas y postes, redes invisibles de información que atraviesan el espacio. En esa acumulación de trazos, Pablo Flores reconoce no sólo una memoria de la infraestructura, sino también una forma de dibujo expandido donde pasado y presente permanecen enlazados. Su obra nos invita a leer la ciudad como un campo de inscripciones en permanente transformación, donde cada línea recuperada revela que toda desaparición es también una forma de permanencia.
Pero la acumulación de estas líneas también revela una condición específica de la ciudad latinoamericana. Los cables que recorren fachadas, postes y edificaciones industriales abandonadas no constituyen únicamente una red funcional de energía y comunicación; son también la expresión visible de procesos de desigualdad, crecimiento fragmentado y transformaciones urbanas inconclusas. A diferencia de otras ciudades donde la infraestructura ha sido progresivamente ocultada bajo tierra y el patrimonio integrado a políticas sistemáticas de conservación, en Santiago las distintas capas de modernización permanecen expuestas, superpuestas y muchas veces en conflicto.
En la obra de Flores, esta proliferación de líneas adquiere una dimensión crítica. Los antiguos rieles enterrados y los cables que se multiplican sobre la superficie aparecen como síntomas de una ciudad que no termina de borrar sus huellas ni de resolver sus fracturas. La infraestructura deja de ser un simple soporte técnico para convertirse en una imagen de las tensiones sociales y políticas que atraviesan el espacio urbano. Cada cable, cada vía abandonada, cada estructura industrial en desuso habla de promesas de progreso, pero también de formas de exclusión, abandono y desigual distribución de los recursos.
La ciudad aparece entonces como un cuerpo atravesado por cicatrices. Un territorio donde las marcas del desarrollo no se presentan como una secuencia ordenada de reemplazos, sino como una acumulación de capas que conviven de manera desigual. En esa condición visible y expuesta, Pablo Flores encuentra un campo de observación privilegiado desde el cual pensar la memoria, la infraestructura y las formas en que el poder se inscribe sobre el paisaje cotidiano.
Curador: Máximo Corvalán- Pincheira
Para los interesados en visitar la exposición, contactarse con el Profesor Ricardo Villarroel directamente a su correo:
|






