A una semana de su estreno, más de 1300 espectadoras y espectadores han asistido a las funciones de La casa de Bernarda Alba en el Teatro Nacional Chileno. Así el elenco de este estreno que sigue dando que hablar se prepara completar las siguientes 8 funciones que le quedan en cartelera.
A 90 años del asesinato de Federico García Lorca, el TNCh celebra la vigencia y vitalidad de un texto que no pudo ser silenciado bajo la interpretación de un elenco de lujo liderado por la destacada actriz Claudia Di Girolamo.
Esta producción se enmarca en la programación que el TNCH diseñó luego de declararse en estado de movimiento (TNCh 2026: teatro en movimiento). El año promete destacar por el despliegue territorial (gracias a la adjudicación del fondo del Banco del Estado) y la apertura artística delegando sus cinco nuevas producciones a diversos directores y directoras teatrales.
La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca es una obra marcada por el poder, el autoritarismo y las ansias de libertad. Tras la muerte de su esposo, Bernarda impone a sus cinco hijas un luto estricto que las condena al encierro y al silencio. La tensión crece a medida que afloran los celos, la frustración y la necesidad de libertad. Así, la obra dirigida por el premiado director Rodrigo Pérez ofrece un retrato poderoso y vigente sobre la opresión social y el conflicto entre tradición y libertad.
La casa de Bernarda Alba —un clásico del catálogo universal— está en escena bajo la dirección de Rodrigo Pérez y cuenta con las actuaciones de Claudia Di Girolamo, Francisca Márquez, Roxana Naranjo, Nicole Vial, Julieta Figueroa, María José Parga, Carla Casali y Marcela Millie.
La elección de la obra:
En la España de 1936, el contexto de producción de esta obra era tenso: se aproximaba la Guerra Civil Española, los bandos republicanos y sublevados se enfrentaban por el poder posterior a un fallido Golpe de Estado. Así el ambiente era de polarización extrema donde la tradición y represión, se enfrentaban al deseo de libertad. Un conflicto social que Lorca bien supo reflejar en su dramaturgia y que parece más vigente que nunca dado los contextos de intransigencia político-social.
Lorca concibió “La casa de Bernarda Alba” como el cierre de su trilogía de tragedias rurales, sin embargo y lamentablemente, nunca llegaría a ver su última entrega montada, puesto que la dictadura de Franco lo asesinó el 18 de agosto de 1936. Este año se cumplen 90 años de su asesinato, por ello el Teatro Nacional Chileno ha decidido tomar su dramaturgia y convertirla en un acto de memoria histórica que permita a las y los espectadores de la sala Antonio Varas.
No son solo 90 años de un texto, son 90 años del intento por silenciar la creación artística. Por ello celebramos 90 años de vida de un texto.
Este hito está cargado de pequeños símbolos, ya que dadas las circunstancias dictatoriales el texto de Lorca no pudo ser estrenado hasta 1945, fuera de España, en Argentina por la iniciativa de la actriz y amiga Margarita Xirgu.
Rodrigo Pérez: «Aunque Bernarda Alba parezca rígida, nuestra puesta en escena apunta a que sea un organismo vivo»
Sobre la nueva versión que es parte de la programación 2026 del TNCH Rodrigo Pérez, director de la obra, profundizó acerca de los grandes tópicos que aborda la obra.
Rodrigo, Lorca subtituló esta obra como un «documental fotográfico», buscando una realidad cruda y sin adornos. A 90 años de su creación, y considerando tu lenguaje escénico: ¿Qué es lo que esa «fotografía» de Lorca revela hoy sobre las estructuras de poder en Chile que otras obras no logran capturar?
-Es difícil comparar con lo que otras obras no hacen, pero creo que la particularidad de Lorca es que plantea una sociedad profundamente patriarcal. No solo en el sentido de la relación hombre-mujer, sino como una estructura religiosa y católica, que es otra forma de ejercicio del patriarcado. Lo que él hace es poner en escena una estructura en que las pulsiones intentan emerger, pero siempre terminan viviéndose desde la opresión. Para nosotros, esa «bajada de título» sobre la fotografía es un registro de algo que está vivo y pasando. No es algo estático, es la foto de algo en movimiento relacionado con una estructura represora. Al final, vislumbrar ese fascismo que se viene encima —considerando que Lorca fue asesinado por su creación y su orientación sexual— es algo muy de nuestro tiempo contemporáneo y de lo que estamos viviendo hoy.
Sobre las fronteras morales y el espacio: En la obra, la casa es una frontera física que separa el deseo de la decencia. En tu dirección, ¿cómo se materializan hoy esas «fronteras morales»? ¿Siguen siendo muros de adobe y luto, o se han desplazado hacia lugares más invisibles?
-Yo creo que hay varias capas y lugares donde opera la opresión. La primera barrera es la que uno se impone a sí mismo; es la herencia de la educación recibida y del sistema en el que vivimos. Finalmente, las contradicciones son primeramente personales en cada uno de los roles que están en el escenario. Existe una presión por mantener el control sobre el deseo, pero la barrera principal es no saber gestionar ese propio deseo por culpa del sistema. Es algo casi neurótico: no saber conciliar lo que me pasa con los valores que me han sido inculcados. En la puesta en escena, esto se traduce en fuerzas opuestas que movilizan la obra y la hacen rápida, porque se lee fácilmente la lucha interna de cada mujer.
Sobre la transformación de la «honra»: Para Bernarda, la honra estaba determinada por la virginidad de sus hijas y el «qué dirán» del pueblo. Si hiciéramos un ejercicio de traducción social al 2026: ¿Cuál es la «mancha» que nuestra sociedad actual intenta ocultar con tanto ahínco?, ¿A qué le tenemos miedo hoy cuando hablamos de reputación?
-Más que un miedo específico, existe una estructura que nos plantea mecánicamente lo que es «correcto» y lo que no, sin escuchar a los protagonistas del conflicto. En Lorca esto está marcado por el patriarcado que proviene de la Iglesia. También está el terror a la mirada de los otros, de las vecinas; el afuera es opresor porque juzga. Bernarda intenta ocultar las cosas para que no tachen a sus hijas, pero nosotros hemos querido darle una vuelta: ella es una mujer sobrepasada por una crisis —la muerte del hombre de la casa— y no tiene las herramientas para gestionar esa crisis. La «mancha» es esa incapacidad de reacción ante lo que se sale de la norma establecida por la época y la religión.
Sobre la figura de la autoridad castradora: Bernarda Alba no es solo una mujer, es un sistema de vigilancia. En esta versión para el Teatro Nacional: ¿Quién o qué encarna hoy esa autoridad castradora? ¿Es el Estado, es la mirada punitiva de las redes sociales, o es acaso una figura que ya hemos internalizado y que nos hace ser nuestros propios carceleros?
-En nuestra versión, Bernarda no es «la mala del terror», sino una mujer que recurre a lo que tiene más a mano: la estructura con la que fue criada. Ella es una figura que, a propósito de sentirse superada, toma decisiones erráticas en una situación límite. Curiosamente, no es una vigilancia tan eficiente, porque Bernarda no ve lo que no quiere ver. Mientras la Poncia trata de que abra los ojos, Bernarda se niega. No reprime por el puro placer de reprimir, sino por miedo a que llegue a pasar algo; prefiere sentarse y decir «aquí no pasa nada». Es una represión inducida por el miedo y por no saber qué hacer sin el hombre de la casa. Es la aplicación de una estructura vieja ante un presente que la desborda.
Vienes de dirigir «Noche de Reyes» en esta misma sala, una obra donde la identidad y el género fluyen y se transforman. Al pasar a la rigidez extrema de «La casa de Bernarda Alba»: ¿Cómo dialogan estos dos mundos en tu trabajo?
-Lo que junta a ambas obras es el equipo creativo y el hecho de que, en el fondo, ambas hablan de la libertad. El tema es el mismo: la libertad de hacerse caso y de escucharse. Aunque Bernarda Alba parezca rígida, nuestra puesta en escena apunta a que sea un organismo vivo, un animal en permanente movimiento. Queremos que el teatro produzca gozo, ya sea en comedia o en tragedia, y que el espectador pueda ejercer su propia libertad respecto a la lectura de lo que está viendo. El teatro es ese espacio donde te dan la posibilidad de ser libre gozosamente, de armar tus propias teorías y completar la tarea.














