El Premio Nacional de Artes Escénicas, el talentoso dramaturgo y director teatral, Gustavo Meza, me enseñó que cuando muere un actor, una actriz, existe un rito de decir su nombre arriba del escenario para que nunca muera y siga vivo, viva, entre todos nosotros.
Eso, precisamente, sucedió en el estreno de la obra “La Casa de Bernarda Alba” de Federico García Lorca, en el Teatro Nacional Chileno, el pasado miércoles 8 de abril. La historia cuenta que el autor fue fusilado en la madrugada del 18 de agosto de 1936 (algunas fuentes indican la madrugada del 19), en el camino entre Víznar y Alfacar. Las motivaciones fueron una mezcla de enconos políticos, diferencias ideológicas y prejuicios homófobos. Fue tildado de «masón» y «socialista».
La obra escrita, en el año de su asesinato, es una premonición. Sucede en el mismo año en que la España de la República entraba en una guerra civil.
Entonces, en la Sala Antonio Varas, Claudia Di Girolamo dijo Federico García Lorca en voz alta. Lo mismo, Francisca Márquez. Roxana Naranjo dijo de manera clara el nombre del poeta para que quedara sostenido en el aire de la sala teatral. Nicole Vial cantó a Lorca como si lo tuviera a su lado. Julieta Figueroa nos hizo escuchar de nuevo el viejo apodo lorquiano de«El perro andaluz», que le dieron sus amigos Salvador Dalí y Luis Buñuel en la Residencia de Estudiantes. María José Parga, lo recordó como «El poeta que cantaba a la luna». Carla Casali, por su parte, dijo de corrido su nombre bautismal: Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca. Marcela Millie lo dijo como si lo tuviera en medio de su alma.
Las actrices del Teatro Nacional Chileno dijeron en voz alta el nombre del poeta andaluz. En sus voces habló Lorca. Vivimos una de las grandes actuaciones del último tiempo, donde cada una de ellas, las ocho actrices, fueron protagonistas.
Lorca entre nosotros
Federico García Lorca vuelve a vivir en cada puesta en escena. Otra vez.
Federico García Lorca abrió su casa, La Casa de Bernarda Alba. No pudo evitar que ocho mujeres abrieran las ventanas de la vida y el encierro las castigara.
Quiero decir, que cada una de las actrices, sus habitantes, actuaron, vivieron los personajes de manera brillante. No pude distinguir siquiera si lo que sucedía era realidad o un ensayo de vida.
Todo sucedió con la vieja regla que nos genera a quienes, de por vida, hemos asistido a centenares de obras teatrales en el Antonio Varas: la credibilidad. De emocionarse y entender la vida, una y otra vez. De saber y no saber. De morir, de imaginar el amor. De preguntar y no pasar de curso.
El Teatro Nacional Chileno cumplió, una vez más, para alcanzar la excelencia del arte dramático arriba de las tablas.
Y la culpabilidad de tanta calidad se debe al talento del director de la obra, Rodrigo Pérez, que ordena el cielo y el infierno de manera telúrica, que hace que uno olvide la historia inventada, habitada, y la lleve en el alma para siempre. Verdadera.
Cómplice a todas luces, ordenador de los espacios, es responsable el diseñador en jefe, César Erazo, que hace que la Casa de Bernarda sea una actriz más, que su geografía lumínica sea sureña de oscuridades y no exista el norte. Que los vestidos de luto sean inconclusos a los colores originales de la seda.
Pérez y Erazo hacen que el vacío se llene de gritos y que los gritos queden suspendidos en el aire, como testimonio de la violencia que subyace en la historia contada. Donde la luminiscencia manda y el escenario es una sola pieza parecida a un purgatorio donde no se sabe dónde quedan las puertas.
¡Verde que te quiero verde!
Al final, el vestido de novia es verde. Verde de la esperanza, de la nueva vida. O el luto en verde anunciado, lorquiano. ¡Vaya a saber uno!
Quedan resonando la violencia, las voces desesperadas, las imposiciones sociales, el luto acusador. El deseo latente. La obra vuelve a preguntar noventa años después. Su vigencia responde a todas luces con voces talentosas. De heridas y humanidad. De un director que siempre le da una vuelta de tuerca a los dramaturgos de todos los tiempos, a la vieja usanza del director teatral Víctor Jara. De un Teatro Nacional Chileno con la autoridad de los clásicos por 85 años a cumplir, de pedir a gritos un conjunto estable y de butacas, que son parte de un olvido de más de siete décadas.
Una obra imperdible para un mes de abril, que debiera tener el mandato ¡Abril obras mil!
Una puesta en escena que debiera viajar por Chile y el mundo.
Felipe De la Parra Vial



FICHA ARTÍSTICA
Dirección: Rodrigo Pérez| Asistencia de Dirección: Catalina Rozas| Elenco: Claudia Di Girolamo, Francisca Márquez, Roxana Naranjo, Nicole Vial, Julieta Figueroa, María José Parga, Carla Casali, Marcela Millie| Diseño integral: César Erazo| Diseño afiche: César Erazo| Compositor musical: Guillermo Ugalde| Comunicaciones: Catarina Vásquez| Diseño gráfico TNCh: Alonso Morales| Equipo Técnico TNCh: Joaquín Riquelme, Hugo Hernández, Guillermo Cerón, Sebastián Chávez | Producción: Teatro Nacional Chileno.
Temporada hasta el 2 de mayo. Teatro Antonio Varas, Morandé 25.














