¿Qué tienen en común un niño que construyó molinos de viento en África, una ciudad perdida en la Cordillera de los Andes y una arquitectura que desafía las leyes de lo posible? Todos empezaron soñando el mundo donde habitamos. Este libro abre la puerta a ese mundo de sueños cumplidos, donde el arte, la imaginación y la arquitectura se hermanan para reinventar la forma en que vivimos en él.

En sus páginas encontrarás desde historias de arquitectos que crearon grandes ciudades hasta pequeños niños cuyas construcciones demostraron que, con creatividad y empeño, se puede hacer del mundo un lugar mejor.

Conversamos con el autor de los textos de Yo y la arquitectura, Vladimir Rivera, escritor y guionista chileno, que ha publicado literatura infantil y para adultos, y recibió el Premio Marta Brunet por su libro Los palacios interiores. Entre sus obras destacan además El gato que nos iluminaLa vida secreta de los números. Es guionista de series como Cromosoma 21 (Netflix) y No nos quieren ver (Amazon).

Vladimir, ¿qué te inspiró a escribir Yo y la arquitectura y cómo surgió la idea de acercar la arquitectura a los lectores jóvenes?

-Siempre me interesó la arquitectura, pero ese interés creció aún más cuando conocí a Ales. Ella venía del mundo de la arquitectura y, en nuestras conversaciones, siempre aparecían referentes que me abrían nuevos caminos. Sentí que era un universo fascinante. La idea estuvo rondando por mucho tiempo hasta que Ales le presentó el proyecto a Gabriela Precht, de La Bonita Ediciones, y ahí el libro tomó impulso.

Desde el inicio quisimos abordarlo desde una mirada infantil. Ya habíamos trabajado juntos en varios libros para niños y este era uno de nuestros proyectos más anhelados. En este libro ambos somos autores: yo escribía los textos iniciales, Ales proponía imágenes e ideas, y yo ajustaba el texto en función de eso. Es nuestro modo natural de trabajar. Ser pareja también ayuda, porque conversamos mucho, compartimos referentes y una manera de mirar el mundo donde creemos que la niñez es la clave. Siempre buscamos mostrar un mundo mejor.

En el libro se destacan historias de arquitectos visionarios y jóvenes que transforman sus comunidades. ¿Cuál fue el desafío de seleccionar y narrar estas historias de manera que los niños las comprendieran y se sintieranmotivados?

-Partimos con un criterio simple: debían ser figuras cuya obra admiráramos. El segundo fue la paridad de género, buscando arquitectas y artistas cuyas propuestas nos impactaran. Junto a Ales hicimos muchas listas, agregando y quitando nombres hasta llegar a la selección final.

Además, queríamos que cada historia hiciera sentido desde múltiples ángulos. Por eso en el libro conviven artistas, arquitectos, pueblos fantasmas y otros temas. Esa diversidad era fundamental para diferenciarnos de los textos meramente informativos. La idea era ofrecer un recorrido más amplio y sensible.

El libro combina entretenimiento con enseñanza de conceptos complejos. ¿Qué estrategias utilizas para lograr que los temas de arquitectura y urbanismo sean accesibles y atractivos para los niños?

-Nuestra estrategia siempre fue la misma: partir desde una historia. En Yo y la arquitectura entendimos que los niños no se acercan a la arquitectura desde la teoría, sino desde la experiencia: aquello que pueden imaginar, recorrer o tocar. Por eso cada concepto complejo está anclado a un relato breve, a un personaje o a una situación concreta. Cuando los niños sienten que la arquitectura está viva —como un juguete, un lugar que se transforma o un espacio que se habita con el cuerpo— entonces la comprensión ocurre sin forzarla.

Creemos profundamente que un buen relato abre puertas: si la historia es cercana y significativa, la arquitectura deja de ser un concepto abstracto y se convierte en algo que provoca curiosidad. Esa fue siempre la intención del libro: que la arquitectura se sintiera accesible, lúdica y posible.

Como escritor y guionista, ¿crees que la narrativa puede influir en lacreatividad y el pensamiento crítico de los lectores más jóvenes?

-Por supuesto. Cuando uno escribe para niños, asume la responsabilidad de ofrecer herramientas que amplíen su forma de mirar el mundo. La narrativa tiene esa capacidad única de despertar curiosidad, activar la sensibilidad y estimular el pensamiento crítico sin necesidad de explicarlo todo. Un buen relato permite que el lector descubra por sí mismo, que haga preguntas y que vea conexiones que un concepto teórico no lograría generar. Por otra parte, las ilustraciones de Ales no solo lo complementan, sino que también lo amplían. Ella hace ilustraciones que invitan a recorrer el libro y en cada búsqueda aparecen cosas nuevas. La idea es que el libro también te haga imaginar.

En ese sentido, contar historias es también una forma de acompañarlos en la construcción de su mirada.

Al final, creo que todo se resume en esto: los niños no necesitan que les simplifiquemos el mundo, sino que les demos acceso a él. Si les ofrecemos buenas historias, imágenes que despierten algo, y un espacio donde la imaginación tenga permiso para crecer, ellos hacen el resto. La creatividad y el pensamiento crítico aparecen solos cuando sienten que el mundo es un lugar que pueden explorar, transformar y habitar. Y si Yo y la arquitectura logra que, aunque sea un niño mire su entorno con más curiosidad, entonces para mí ya cumplió su propósito.

 

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