En esta semana, la Orquesta Nacional Sinfónica ha desbrozado caminos para desarrollar una política cultural de las Artes, sin necesidad de intermediarios de los hijos e hijas de la subsidiariedad y de la política de la concursabilidad instalada, sino como lo fue en su origen fundacional estatal, desde el corazón de la Universidad de Chile, hace ya 83 años, en un enero de 1941.

El pasado jueves 18 de enero se estrenó la obra sinfónica coral más importante del siglo XX, “Carmina Burana”, del compositor alemán Carl Orff, en lo que fuera el vertedero de Bajos de Mena, de Puente Alto, hoy convertido en el primer espacio sinfónico de Santiago. 

Una multitud de más de cuatro mil pobladores venidos de toda la comuna, engalanaron la noche estival y tuvieron el privilegio de develar los misterios de la libertad y el amor libre de la obra musical germana. Lo mismo se volvería a repetir en la Plaza Argentina de la comuna de Estación Central el pasado martes.

El Santiago Sinfónico parece que vuelve a renacer en tiempos donde la narco cultura insiste en pervivir con aires festivaleros incluidos.

Hoy, cuando aparezca esta columna lo hará en Maipú, en el Templo Votivo, como una señal de la divinidad humana y del encuentro con el espacio popular.

Ahora y como ha estado sucediendo en los últimos años, la Orquesta Sinfónica estará bajo de la batuta del director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional de la Universidad de Chile, del talentoso maestro Rodolfo Saglimbeni, y la dirección coral de Juan Pablo Villarroel, director artístico del Coro Sinfónico de la Universidad de Chile.

Y este sábado 27 de enero, lo hará en la Plaza Italia, en la Plaza Baquedano y en la Plaza Dignidad, como bien reconoció en su oportunidad la rectora de la primera casa de estudios superiores, la Universidad de Chile, Rosa Devés, cuando se retomó el espacio público. En aquel entonces, más de un millar de congregados escucharon la interpretación de la Novena Sinfonía de Beethoven, bajo la enseña de la Libertad, Igualdad y Fraternidad.

La “Novena” es para muchos reconocida como un poema épico, anterior a la Revolución Francesa, que representa la alegría, la unidad de los hombres y mujeres.

Esa vez y esta vez, la Sinfónica nos vuelve a enseñar que la mal llamada música docta, la buena y la bella música, es patrimonio de todas y todos.

Y como rótulo extraño -y ajeno en estos días-, nos recuerda que la entrada es liberada.

Mahler en la Población Vivaceta

A fines de los cincuenta, -en mi niñez- en la Población Vivaceta, hubo un concierto al aire libre -eran recurrentes- al frente de las Escuelas Públicas N°18, de hombres y N°20 de mujeres, en la plaza aledaña.

En aquella oportunidad, fui testigo de una conversación con dos músicos de la Orquesta Sinfónica acerca de cómo los pobladores iban a tomar la obra de Gustav Mahler que estaba en el programa de ese día. Les preocupaba la complejidad y su supuesta falta de condición de ser “oreja” para la gente.

Sin embargo, la memoria no borra los momentos felices. En esa tarde del estío, la Sinfónica tocó con la fuerza de la perfección la obra del músico de Bohemia.

Mis vecinos escucharon con un silencioso respeto. No voló ni una mosca.

Terminada la ejecución, el silencio continuó su misterio por varios segundos. La gente estaba ensimismada. Yo, pegado al cielo. De repente, emocionados los pobladores de Vivaceta irrumpieron en una ovación y un aplauso prolongado. Los músicos estaban contentos y Mahler había entrado en la vida de muchos de mi generación.

Era la Orquesta Nacional Sinfónica de la Universidad de Chile y la cultura, era la estructura fundamental del buen vivir entre los chilenos. Eran los tiempos del Orden Público y no del establecimiento de la Paz Ciudadana y de la seguridad geopolítica.

En aquel entonces, no era necesario decir que la entrada era liberada. Se entendía la cultura como las calles y las carreteras, la educación primaria, secundaria y universitaria, la salud, entre otros: gratuita.

Hijos de la revolución cultural de Pedro Aguirre Cerda

Lo que sucede ahora se explica desde los orígenes de la orquesta, ya que corresponde a sus raíces. Con el ascenso del Frente Popular, encabezado por el presidente Pedro Aguirre Cerda, las Artes y la Cultura adquirieron su carta constituyente. El cambio radical de “Gobernar es Educar” ponía de cabeza al analfabetismo, de pasar de un 70 a un 30 por ciento, en cuatro años.

Y a reglón seguido, en la rectoría de Juvenal Hernández Jaque, se creaba en enero de 1941 la Orquesta Sinfónica de Chile, con la llegada de los músicos Armando Carvajal, como su primer director y con Domingo Santa Cruz, como su primer decano. Y en junio, los jóvenes soñadores del Pedagógico instalaban el Teatro Experimental, hoy Teatro Nacional Chileno, para fundar el teatro chileno en el estadio del rigor y la excelencia… y así también la Primera Escuela de Danza, para dar paso cuatro años después, a lo que hoy es el Ballet Nacional de Chile, Banch, con Ernst Uthoff, Rudolf Pescht y Lola Botka.

De hecho, años después, Margot Loyola y Violeta Parra, en las Escuelas de Verano de la Universidad de Chile, dignificaron las voces de la cultura tradicional. Entraron a la Universidad con la palabra maulina, mapuche, chilota, nortina y rapa nui, entre las voces del pueblo. Entraron cantando.

Me han preguntádico varias persónicas…”

Parafraseando a la Violeta… “Le he contestádico yo al preguntónico”…

¿Y qué pasa con la cultura hoy en Chile?

¿Es acaso el ocaso de la cultura representado por un equilibrista que cruza edificios frente a La Moneda? ¿Eso es?

¿O es un Peso Pluma que entra al ring y golpea en el primer round al Festival de Viña del Mar cantándole al Chapo Guzmán y cosificando a las mujeres?

¿Y qué pasa con las autoridades mutadas en silencio y que solo atinan a explicar el vergonzoso disimulo que no se pueden cambiar los contratos? (Libero a TVN, por cierto).

¿La Parafernalia? ¿El Show? ¿La corrupción? ¿La narcocultura? ¿Es la derrota de las artes?

No se oye padre, ni madre.  Parece que algunos cantan que “Tengo flojérica en los zapáticos”.

No obstante, se escucha en los barrios santiaguinos a la Orquesta Nacional Sinfónica y al Coro Sinfónico, ambos de la Universidad de Chile. Miles de chilenos vibran “con el placer terrenal, de vino, de amor carnal y de goce por la naturaleza”.

Sin embargo, Carmina Burana nos advierte en sus primeras líneas que el “destino (es) monstruoso y vacío, / una rueda girando / es lo que eres”. No vaya a ser que el Peso Pluma gané en el último round.

Al cierre de esta edición: La alegoría de lo defendido y de lo preguntado. El martes pasado, a la hora peak del Metro, atiborrado de gente, se subió a mi carro el director de la Orquesta Sinfónica, Rodolfo Saglimbeni y unos cuatro músicos, vestidos con la tenida del evento, camino a la Plaza Argentina para su segundo concierto en la comuna de Estación Central. En tiempos pasados, los artistas eran llevados en cómodos buses. Era la alegoría de la dignidad a las Artes.

Créditos fotografías: Universidad de Chile.

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