Víctor Hugo Castro es “el poeta de La Legua”.  Testigo de la historia del barrio y sus luchas y amante de la literatura, usa la poesía como medio de expresión para registrar la emoción de un testigo enamorado de los seres humanos y del lugar donde creció y vivió por décadas.

El siguiente es un extracto de una entrevista realizada por Marcelo del Campo a Víctor Hugo Castro, editada y publicada por él para la “Internacionale de Allende”.

Llegué a la Legua más o menos cuando tenía 7 años.  Mi mamá se instaló con una peluquería y mi papá con una marroquinería.  La peluquería era más entretenida porque se juntaban personas que contaban historias que nosotros escuchábamos.  Luego mi padre instaló una fuente de soda y había un caballero que siempre iba -me parece que era un mecánico-, quien hablaba de literatura con mi hermano, de Dostoievski, de Tolstoi y nosotros también escuchábamos. 

Mi hermano Fernando, cuando ya iba a la universidad, yo me leía todos los libros que él tenía que leer, porque me gustaba mucho la literatura.  Tanto así que, en 1962 me fui a estudiar literatura y lengua rusa a la Unión Soviética con unas becas que entregaron.  De mi generación llegaron 30 personas a estudiar.   Alrededor de nosotros había gente de todos los países del mundo, era como una torre de Babel y eso nos ayudó a aprender muchas cosas y a entender que todos éramos iguales.

Volví a Chile el año 1967.  Vi que se seguían viviendo las mismas injusticias de siempre.

En la Legua había hartos allendistas.  Recuerdo que para la primera elección en la que se presentó Allende, él fue a La Legua y mi papá sacó el mesón de marroquinero y allí se subió Allende y empezó a hablar. 

Cuando volví a Chile en 1967 pasaban muchas cosas, como la marcha que hicimos por Vietnam desde Valparaíso a Santiago, caminando varios días.  De allí nació la canción de Víctor Jara, “El Derecho de Vivir en Paz”. Por la noche nos quedábamos en algún pueblecito donde nos acogían y al otro día seguíamos adelante. 

Para la campaña de la Unidad Popular andábamos casa por casa haciendo puerta a puerta.  Fuimos al norte a plantar tamarugos, no era solamente pensar, era trabajar, no éramos intelectuales, éramos del pueblo, éramos todos juntos. 

El año 1973, me mandaron a un congreso de profesores de lengua rusa.  Yo estaba en Bulgaria cuando me enteré del golpe en Chile.  A los dos días volví a Moscú.  Ahí empezó la solidaridad con Chile con acciones como la creación de las transmisiones de radio Moscú, porque era la única forma de comunicar lo que sucedía.  Después me fui a Praga y trabajé un tiempo en la Revista Internacionale y de ahí volví a Chile, que era lo único que quería.   

A veces íbamos a almorzar a la Vicaría. Ahí conocí a José Manuel Parada.  Luego de su asesinato le pusimos a nuestra casa el nombre José Manuel Parada. 

Mi casa en La Legua era un centro de agitación.  Siempre estaba llena de vecinos.  Empezamos a trabajar con el Centro Cultural Mapocho.  La gente escribía poesía y las tiraba por la ventana.  Logramos hacer algunas publicaciones, como Callejuelas.  Recolectábamos productos en la feria y hacíamos comidas para los niños y en la casa de nosotros se sentían felices.  En la casa había murales pintados por Mario Carreño, Nemesio Antúnez, por Gracia Barrios.  Esos murales protegían la casa.  Pero a mí me llevaron detenido muchas veces.  Más de una vez desperté con una ametralladora en mi cabeza.

Sin duda, había gente con mucho más talento que yo, solo que no tuvieron lapicera y no les enseñaron a expresarse. Hay cabros que andan robando y que son tremendos artistas pero no tienen cauce. Por eso me quedé en La Legua. Para ver algún día una vida normal en que los niños no se pierden.

Hay un escritor ruso, Nicolai Ostrovsky, que influyó mucho en mí.  Dice: “lo más preciado del hombre es la vida: se le da una sola vez y hay que vivirla de tal manera que no sintamos el peso de los años pasados sin sentido y que al final de la vida tú puedas decir toda mi vida, todos estos años fueron dados a lo más maravilloso del mundo a la lucha por la liberación de la humanidad.”

La entrevista de Víctor Hugo termina con él recitando uno de sus poemas:

Eran 40 limoneros como 40 canciones

como 40 cosmos o galaxias

40 limoneros convertidos en 40 sueños,

en 40 emociones bañadas en sudor de azahares

40 copas verdes contra la tarde verde,

contra la noche verde, contra la rueda verde de la muerte.

Por el cielo inmóvil, por la tierra roja, a la hora en que el sol nos canta 3 cosas

Eran 40 limoneros, les dijimos adiós para siempre.

Y si alguien nos pregunta si tuvimos algún amor en el mundo,

le diremos que no. 

Eran solo 40 limoneros.

 

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